Un juez hiperactivo, tres fiscales anticorrupción y cuatrocientos policías y guardias civiles guillotinan la Tambovskaya, una de las mafias rusas más poderosas: asaltan sus mansiones en Palma de Mallorca, Alicante y Marbella y congelan doce millones de euros en paraísos fiscales. Es la operación Troika. Dos años de investigaciones. Colaboración del espionaje alemán, suizo y estadounidense (significativamente, no del Servicio Federal de Seguridad, el remodelado KGB de Vladimir Putin). Geos armados con metralletas y ni un solo disparo. A los veinte detenidos, sorprendidos al amanecer en sus dormitorios, no les dio tiempo ni a quitarse las legañas. “Lo de que Garzón ha decapitado la Tambovskaya es un buen titular, pero es falso. Al día siguiente de las detenciones, esta mafia ya tenía un nuevo capo en nuestro país. Las mafias rusas no se parecen a Los Soprano. No valen los esquemas que funcionan en el cine para las mafias italianas y norteamericanas. No hay lealtades familiares, ni una jerarquía clara y piramidal, como en Sicilia. La estructura de una mafia rusa se puede comparar a un árbol con muchas ramas, muy tupidas y entrecruzadas, pero donde no se ve el tronco por ninguna parte. Por eso son tan peligrosas y tan difíciles de combatir”, advierte Alejandro Riera, autor de La Organizatsja. Mafia rusa, mafia roja (Arcopress).

Es preferible empezar de cero para conocer cómo son estas mafias por dentro. Y es necesario conocerlas para defendernos de ellas. La exposición judicial de las intimidades de una multinacional del crimen como la Tambovskaya es una excelente oportunidad para ensayar una aproximación sociológica a este violentísimo submundo, donde imperan códigos de honor, símbolos secretos y leyes paralelas. Las que imponen los vory o ladrones coronados.

Lo que llamamos mafia rusa es en realidad un revoltijo de redes criminales con distinta denominación de origen; no todas son rusas, aunque todas procedan de la antigua Unión Soviética. Por eso los expertos prefieren llamarlas mafias rojas. A diferencia de las cinco familias de la Cosa Nostra estadounidense, en Rusia estas organizaciones se cuentan por millares. En los estertores del comunismo operaban unos cincuenta grupos de pistoleros. Un hampa más bien raquítica. La desintegración de la URSS a principios de los noventa sumió al país en la anarquía y el caos. A río revuelto, ganancia de delincuentes. Interpol calcula que en territorio ruso hay en la actualidad unas 8.000 bandas que reúnen a cien mil criminales y controlan 40.000 empresas, además de medio millar de bancos. Una mafia como la Tambovskaya tiene alrededor de 4.000 delincuentes a sueldo, desde matones a abogados, pasando por informáticos para los delitos por internet, en especial apuestas deportivas amañadas, como las que se están investigando en el torneo de tenis de Wimbledon; e incluso científicos capaces de manipular el cobalto, uno de los ingredientes de las bombas sucias radiactivas.

Solo en Moscú y San Petersburgo existen unas 700 bandas con ramificaciones internacionales. Pero también hay mafias armenias, especializadas en la venta de armas; ucranias (trata de blancas), daguestaníes (asesinatos a sueldo), azeríes (narcotráfico) o lituanas (tocan todos los palos). La que tiene fama de más violenta y una de las más asentadas en España es la mafia georgiana. Se hizo fuerte gracias al tráfico de armas en las rutas montañosas del Cáucaso y a los secuestros de mujeres y niñas para su venta en burdeles como esclavos sexuales. En ocasiones, el gentilicio funciona como un sello comercial. Sucede con la mafia chechena. Su reputación de sadismo basta para acobardar a cualquier empresario o competidor. Sin embargo, sus miembros no proceden solo de Chechenia. “La mafia chechena (no confundir con la guerrilla independentista) es una franquicia. Venden el título de checheno a otras bandas. Pagando, por supuesto. Si un grupo dice estar relacionado con los chechenos pero no cumple sus amenazas, los chechenos van a por ellos para que no devalúen su imagen de marca”, explica el historiador Mark Galeotti.

Oblast de Tambov, Tambovskaya en ruso, es una pequeña localidad a unos 300 kilómetros de Moscú. De allí proceden algunos de los capos de esta mafia. Se conocen desde que eran raterillos que amedrentaban a los comerciantes y campesinos de la zona para que les pagasen la grissa, un impuesto revolucionario a cambio de la protección de negocios y familias. Allí crecieron los chavales que hoy forman el núcleo duro de esta mafia, muy temida porque se la relaciona con el tráfico de órganos, aunque sus fuentes de ingresos principales son el narcotráfico y el robo de coches de gama alta. Para entender cómo han prosperado tan espectacularmente es preciso comprender primero cómo se cometió al mayor robo de todos los tiempos.

La mafia rusa dejó atrás los delitos menores de sus inicios y se ha convertido en una poderosa fuerza internacional en varias fases. Primero, gracias al negocio de la protección en los años noventa. Con el Estado soviético desmoronándose, los nuevos empresarios en aquella fase de capitalismo salvaje tuvieron que cooperar con la cultura criminal. Había que buscar una krysha de confianza con un buen vor a la cabeza. Krysha es una organización que ofrece protección y vorv- zakonye es un término originado en las prisiones del periodo soviético que significa ladrón de ley, un delincuente que se ha ganado el respeto de sus iguales. Misha Glenny, corresponsal de la BBC en Europa del Este, asegura que las palabras krysha y vor son tan importantes como glasnost (transparencia) y perestroika (apertura) para definir la historia contemporánea rusa. En su libro McMafia (Destino), Glenny describe cómo los vory, que se pudrían en la cárcel, fueron utilizados desde el punto de vista del márketing por las bandas que vendían protección, aunque no necesariamente eran hombres eficaces. El único mérito de algunos era haber pasado un tiempo entre rejas.

El empujón definitivo para las mafias fue la liberalización del mercado decretada por Boris Yeltsin. “Los precios más importantes para millones de ciudadanos rusos (el del pan y el de la vivienda) se liberalizaron, pero no los que solo afectaban a una minoría de empresarios. El equipo reformista de Yeltsin mantuvo bajos los precios de los enormes recursos naturales de Rusia: petróleo, gas natural, diamantes y metales. La nueva clase de comerciantes podía seguir adquiriendo estos productos al antiguo precio protegido soviético, hasta cuarenta veces inferior a su valor en el mercado mundial. Era como una licencia para imprimir dinero”, relata Glenny. Hasta entonces, las minas de diamantes y los pozos petrolíferos de Siberia vendían su mercancía al precio protegido (un dólar el barril de petróleo) al ministerio, y éste lo vendía a su vez a los compradores extranjeros; los beneficios se canalizaban hacia las arcas del Estado. Eran divisas que mantenían el régimen comunista. El monopolio del ministerio era de las pocas cosas de la URSS que funcionaba. El gabinete Yelsin lo quitó de en medio, presionado porque no podía garantizar el suministro de alimentos a la población y la inflación se había disparado al 150%. Fue un error garrafal.

Apareció una especie inédita de ladrón: el oligarca ruso. Burócratas del partido que se hicieron con las empresas estatales. La receta para hacerse rico en tiempo récord era sencilla: comprar un barril de petróleo siberiano a un dolar y venderlo a treinta en los países bálticos. El Estado ya no ingresaba su parte; los beneficios iban a a parar a unos pocos que estaban en el ajo. “Es el mayor robo de la historia y no admite parangón”, sentencia Glenny. Los nuevos ricos no podían ganar dinero y retenerlo sin la protección de las bandas, y los gánsteres prosperaban gracias a la demanda de seguridad de la oligarquía. Veteranos de la guerra de Afganistán licenciados del maltrecho Ejército Rojo, ex espías del KGB y deportistas en paro se unieron a las filas de las kryshas. En 1999 existían 11.500 firmas privadas de seguridad, en las que trabajaban más de 800.000 personas, la mitad con armas de fuego. Se perpetraban miles de homicidios.

Irónicamente, la mafia rusa garantizó cierta estabilidad durante la transición económica. ¡Pero a qué precio! Y no solo en vidas humanas… Según el FMI, la economía sumergida puede llegar hasta el 25% del PIB mundial. De cada cuatro euros facturados en el planeta, uno es ilícito y hay que lavarlo. La mafia amasó tal fortuna que tuvo la necesidad de blanquear toneladas de rublos. Primero se hizo con el control y la propiedad de bancos rusos. Luego se volvió internacional. Y habitó entre nosotros… Uno de los destinos preferidos fue España. Toda la cuenca mediterránea, desde Cataluña a la Costa del Sol. ¿Por qué? Buen clima, urbanizaciones de lujo donde nadie hace preguntas y se puede dirigir un imperio a golpe de teléfono móvil y la posibilidad de comprar en negro propiedades inmobiliarias. “Uno de los factores de la subida de los precios de la vivienda fue la enorme inyección de dinero de la mafia roja. Contribuyó a la burbuja inmobiliaria, por lo menos en la costa”, afirma Alejandro Riera.

Torrevieja se convirtió en la ciudad más violenta de España. “Uno de los destinos más cañeros”, en palabras de un guardia civil que estuvo destinado en las playas de Orihuela. La probabilidad de ser asesinado en la localidad alicantina llegó a multiplicar por veinte la de Madrid. La mayoría de los homicidios eran ajustes de acuentas. Y la mafia georgiana estaba detrás. “Ahora se están quedando sin trabajo porque ni siquiera otros delincuentes quieren trabajar con ellos. Se les tiene pavor. Por eso su hueco está siendo ocupado por armenios, más discretos y razonables”. La fama despiadada de los georgianos tiene un nombre propio, Vitaly Izguilov, apodado La Fiera. Fue detenido en 2005 durante la Operación Avispa, el mayor golpe infligido a las mafias en España hasta aquel momento. Tres capos y treinta lugartenientes arrestados. Todos pagaron sus fianzas y quedaron en libertad. Y además con el prestigio de haber pasado por la cárcel, lo que en el caso de Izguilov le supuso su ansiado ascenso a vor o ladrón de ley. El juez Garzón lo ha vuelto a detener en el curso de la Operación Troika. Si nadie lo remedia, un nuevo y prestigioso mérito en su currículum delictivo.

Y es que el mayor vivero de las mafias son las cárceles. Y el código de honor de los mafiosos surgió en las prisiones estalinistas. Se articula en torno a 18 mandamientos, una especie de perversas tablas de la ley, aunque hoy en día solo son de obligado cumplimiento cinco. Algunas de estas normas son muy llamativas. Por ejemplo, el mafioso no debe casarse, aunque sí puede disponer de todas las amantes que quiera, con tal de que no le importe deshacerse de ellas. Tener esposa o hijos es una debilidad que puede ser aprovechada por los competidores. Las mafias italianas basan su cohesión en la familia. Las rusas rehúyen los lazos de sangre.

Está prohibido trabajar. Es un deshonor que implica la pérdida automática de la reputación. Solo se debe vivir de actividades delictivas. Es obligatorio ayudar a otros mafiosos que pertenezcan a la misma comuna de ladrones, una organización con reminiscencias sindicales. Si no hay más remedio, el mafioso deberá echarse la culpa de un crimen aunque no lo haya cometido, para salvar a un colega. Comerse el marrón de otro le hará ganarse su respeto. Existen tribunales mafiosos que resuelven los conflictos que pueden surgir entre ladrones. Sus sentencias son sumarísimas. Los juegos de azar están prohibidos si no se es capaz de cubrir las pérdidas. Debe enseñarse el negocio a los jóvenes aprendices. Hay que saber beber grandes cantidades de alcohol sin llegar a perder la capacidad de raciocinio. El incumplimiento de estas leyes puede pagarse con la muerte. Pero todo es relativo. El código del mundo de los ladrones, que investía de honor a los vory, se ha transformado. Como algunos títulos de nobleza, también el de vor está en venta. Uno puede limitarse a comprarlo en lugar de ganárselo en prisión. Los principales beneficiarios han sido los funcionarios corruptos, reconvertidos en ladrones coronados y, por tanto, con autoridad moral sobre otros ladrones.

El código ayuda a entender la organización de estas bandas, intrincadísima y con unas jerarquías muy difuminadas. Un vor nunca reconocerá a otro como un superior suyo. Es una tradición que se remonta a los tiempos de los gulags de Stalin. Había muchos campos de prisioneros y, por tanto, se organizaron muchas bandas que se enfrentaban o colaboraban, pero que en esencia iban por libre. Los zares o pakhan ostentan el máximo rango entre los vory, pero no hay un don, como en El Padrino, que mueva los hilos de todos. Cada zar tiene ayudantes, organizados en células o grupos que no se conocen unos a otros. Cada cuatro células, que se dedican a actividades delictivas diferentes para no solaparse, existe un brigadir o lugarteniente, encargado de transmitirles las órdenes del vor y actuar de intermediario.

Además de las células estables que controlan el negocio, están los asociados o shestiorka, que ocupan el último escalón: prostitutas, ladrones, capataces o matones. No deben conocer la identidad del vor para el que trabajan. Otro grupo heterogéneo, conocido como zashchita (defensa), formado por abogados y periodistas, defiende los intereses de los capos más poderosos. También hay mercenarios, o deltcy, contratados para crímenes puntuales, como un asesinato por encargo o un secuestro.

Todo vor debe donar una parte de sus ganancias a un fondo monetario conocido como banco negro. Con él se cubren sobornos, gastos médicos y la manutención de los vory encarcelados. “Estos fondos muestran las raíces socialistas donde se educaron los actuales ladrones de ley. Como la organización roja no se basa en liderazgos, nunca se podrá encontrar un blanco para dejar fuera de combate a una determinada facción”, se lamenta Riera. Para dirimir un conflicto entre mafiosos se organiza una reunión. No acudir a ella supone automáticamente la derrota.

La mafia roja se ha dado cuenta de que gana más dinero asociándose a los empresarios que extorsionándolos. Gennadios Petrov, el zar de la Tambovskaya encarcelado por el juez Garzón, intentaba borrar su pasado criminal y vivir a medio plazo de negocios respetables. Y es que ser mafioso resulta estresante, incluso en una mansión mallorquina de siete millones de euros con vistas a los acantilados de Calviá.

TATUAJES CRIMINALES

Los mafiosos rusos utilizan los tatuajes como si fueran galones militares. Es un complejo sistema de símbolos, originado en la cárcel, que da una información muy detallada sobre la biografía criminal del portador. Lo sabe el actor Viggo Mortensen, que durante el rodaje de la película Promesas del Este, en la que encarna a un gángster moscovita, se sometía a interminables sesiones de maquillaje para que le dibujaran unos cuarenta tatuajes en su cuerpo. “Un día entré en un restaurante ruso sin haber borrado antes la tinta y los comensales me miraban con espanto pues me confundieron con un auténtico mafioso”. Para entender la importancia de este lenguaje corporal, baste decir que un tatuaje falso puede significar la muerte. El tatuaje marca el estatus de cada uno dentro de la prisión. “Por ejemplo, a los cobardes se les tatúa una prostituta abierta de piernas y pasan a ser muerto sociales”, explica Alejandro Riera. La ubicación también da pistas. En la cara o la frente avergüenzan, pues está hecho en contra de la voluntad del que lo lleva para estigmatizarlo. En el pecho, es motivo de orgullo. La mayoría son de color azul y están borrosos. La tinta se consigue mezclando hollín, orina y champú, y se usan cuerdas de guitarra afiladas como agujas. Muchos se infectan

La generación más joven es menos proclive a tatuarse, porque la policía ya se sabe el cuento y puede conocer de un vistazo el rango del poseedor. Algunos de los símbolos que identifican a los ladrones de ley son un águila encima de una montaña, un ángel femenino, una cruz bautismal, toros luchando o una estrella en el hombro. Todos son prestigiosos. El gato es una advertencia. Sirve de aviso para no meterse con el preso en cuestión. Un pulpo significa que se pertenece a la mafia. Un alambre espinoso simboliza una estancia en prisión larga. El número de púas significa los años de condena. También el número de mástiles de un barco. El vuelo del dragón sobre el castillo se aplica a los que han estado en prisión por fraude financiero. El gladiador, a los que se han metido en peleas, torturas, extorsiones y a veces matanzas. La cabeza del tigre es señal de crueldad. Una cabeza india es una protesta por la ausencia de derechos humanos. Los monasterios, catedrales y castillos representan los años de condena por el número de torres o cúpulas. La frase la Iglesia es la casa de Dios bajo una catedral, tiene un sentido metafórico: la prisión es la casa del ladrón. Una tela de araña simboliza la drogadicción. Una cruz, esclavitud o subordinación. Cráneos en los dedos representan asesinatos cometidos. Un naipe de corazones tiene connotaciones sexuales: marca al portador como homosexual pasivo. La serpiente la portan ladrones de alta graduación. Las cabezas de Lenin o Stalin eran populares. Se pensaba en tiempos del comunismo que ningún pelotón de fusilamiento osaría disparar sobre alguien que las llevara. Como todo, ahora han pasado de moda.



2 Responses to “Así son los ‘Sopranov’”  

  1. 1 laluzenmi

    En la revista se han cargado el apoyo sobre los códigos de los tatuajes. Una pena. Por otra parte, recomiendo vivamente las fotos de Donald Weber:

    http://www.donaldweber.com/2007/?p=349

  2. 2 laluzenmi

    Muy chulo este reportaje fotográfico, también de Donald Weber:
    http://www.donaldweber.com/2007/?p=9

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