El infarto de las encinas
Las encinas mueren de infarto. Es una enfermedad súbita y fulminante, un colapso vascular que las puede matar en quince días o dejarlas comatosas y agonizando durante un par de años, apenas un soplo en el reloj biológico de un árbol de lentísimo metabolismo cuya esperanza de vida ronda los tres siglos. Es la Seca. Una plaga que pone en peligro la supervivencia de un ecosistema único en Europa: la dehesa. Da igual que llueva, los árboles se secan igualmente. Y la encina es más que un árbol. Es un paisaje. Una forma de vida. Un motor económico. Si mueren las encinas, el cerdo ibérico se queda sin bellotas; el ganado bravo, sin pastos. Adiós jamón de pata negra, adiós toro de lidia. Como apunta un vecino de San Bartolomé de la Torre (Huelva): “En Madrid se montó un pollo cuando quisieron talar 700 árboles del paseo del Prado. Que venga Tita Cervera, porque aquí están muriendo cientos de miles y a nadie parece importarle”.
Las encinas no son las únicas afectadas. En los últimos años, los árboles de Andalucía, Extremadura, una porción de Castilla-La Mancha, Salamanca y Portugal se están viendo afectados por un deterioro que los debilita. Su nombre es decaimiento forestal, y es gravísimo en el caso de la familia de los Quercus: encinas y alcornoques. Hay dos muertes. Una es progresiva como un cáncer. La otra, repentina como una apoplejía. Muchos ejemplares están estresados por sucesivos otoños alternativamente secos o muy lluviosos. Pero la Seca también ataca a árboles en apariencia saludables. Cada comunidad autónoma guerrea por su cuenta (cuando lo hace). Los afectados calculan que se pierden del orden de 4200 hectáreas de dehesa cada año. Unos 190.000 árboles. “A este paso, nuestros bisnietos no sabrán lo que es una encina”, advierte José Luis García-Palacios, presidente del Foro Encinal para la defensa de la dehesa.
La Seca no solo afecta a la dehesa. Unos 8000 ejemplares de alcornoque mueren prematuramente cada año en el Parque Natural de Los Alcornocales (Cádiz), la selva más meridional de Europa. Y las alarmas han saltado en Portugal, uno de los grandes exportadores mundiales de corcho. La producción se ha reducido en un 20% en los dos últimos decenios. El decaimiento forestal arrasa paulatinamente los bosques de Quercus en todo el arco mediterráneo. Y resulta inquietante que se hayan registrado los primeros casos del síndrome en coníferas en la sierra almeriense.
¿Por qué mueren los árboles? Desde el sindicato agrario Asaja explican que los alcornoques y las encinas son muy sensibles a cualquier mínima variación de su hábitat, y cuando pasa esto sus defensas menguan y están más expuestos a las enfermedades. Es el turno entonces de las infecciones oportunistas: parásitos, insectos u hongos que atacan al árbol y hacen estragos. El peor asesino se llama Phytophthora cinnamomi y es un hongo de suelo que se encuentra latente e inactivo en prácticamente cada centímetro cúbico del planeta. Cuando se despierta es temible. “Es muy virulento. Atacó a los naranjos en California y se optó por una solución desesperada: arrancarlos todos, fumigar la tierra y replantarlos. Pero un naranjo produce fruta en tres años; una encina necesita treinta para dar bellotas”, explica García-Palacios.
En cualquier caso, el hongo se limita a dar el tiro de gracia. Las investigaciones, lideradas por las universidades de Córdoba y Huelva, apuntan a que el detonante es el cambio climático: aumento de temperaturas, sequías prolongadas, encharcamientos estacionales, contaminación… Y culpan también a las malas prácticas silvícolas, el envejecimiento del arbolado y los cambios en el uso tradicional de montes y dehesas. Solo en Andalucía se han contabilizado 500 focos de Seca que equivaldrían a 500 incendios a cámara lenta, permanentes y voraces. Y en el epicentro de esta calamidad está Huelva, la comarca del Andévalo, la patria del jamón ibérico de bellota, con 1400 hectáreas devastadas desde 1997 y 130.000 árboles perdidos.
Los síntomas de la Seca son ambiguos y no ayudan a combatirla, pues se confunden con los de la sequía. Pérdida de hojas, muerte de algunas ramas, clorosis o amarillez de las partes verdes… Cuando aparecen los chupones, o brotes dañinos que vampirizan la savia, ya suele ser demasiado tarde para salvar el árbol. La muerte le llega por el suelo. El hongo necrosa las raíces, que en el caso de las encinas son muy penetrantes, tienen hasta diez metros de profundidad y bombean agua y nutrientes con una tenacidad asombrosa. Para entonces, lo que bombean es el veneno que las matará, pues el hongo va gangrenándolo todo en su camino ascendente hasta fosilizar las ramas y convertir las hojas en pardos cartones. La encina se asfixia. Todo su sistema vascular se paraliza y la savia deja de circular. Es un árbol infartado. La modalidad lenta de la Seca, causada por otros dos hongos igual de dañinos, pero más parsimoniosos, produce chancros en el tronco equivalentes a los de un cáncer de piel. Los insectos perforadores también se apuntan al festín.
La complejidad del fenómeno impide que el remedio sea sencillo. Existen unas recomendaciones de sentido común, como las buenas prácticas en podas y descorches para evitar que las heridas en el árbol propicien la infección. Sirvan de ejemplo meter el hacha en un cubo con agua y lejía o el sellado de los cortes con algún producto cicatrizante. Pero existe una controversia de fondo, un desacuerdo fundamental entre los propietarios de las fincas y los ecologistas. Éstos últimos opinan que los desbroces son perjudiciales, pues el matorral protege el suelo, mejora recarga de agua y no compite con el arbolado. Hay que dejar que en el monte la naturaleza siga su curso. Para los dueños de las dehesas se trata de un error de bulto. “No tocar los árboles, dejar que los arbustos se apoderen del terreno y que las fincas se conviertan en jarales es muy dañino. La mejor solución es preventiva. Estamos de acuerdo en que no haya una excesiva densidad ganadera, pues los purines contaminan la tierra. Pero hay que podar los árboles cada diez o doce años”, argumenta García-Palacios.
La poda permite que las encinas estén en plena forma. Pero cuesta seis euros por ejemplar. Un precio prohibitivo en un momento en que las explotaciones agropecuarias están sufriendo por culpa de la lengua azul del ganado y del coste de los piensos. Y García-Palacios añade que la política de la Unión Europea privilegia la conservación del bosque continental y olvida el bosque mediterráneo. El abeto es el gran mimado. Y los montes públicos tienen prioridad. “El 75% del dinero comunitario va allí, aunque no se note, porque los montes están como están. Las dehesas suelen estar limpias, sin jaras y matorral descontrolado, porque los propietarios defienden lo que es suyo. Hacen sus cortafuegos, estén o no subvencionados. Si una dehesa se abandona se convierte en una tea”.
La importancia de la dehesa va más allá de su valor paisajístico. La palabra dehesa proviene del latín defensa: tierra acotada, defendida. “La dehesa nos brinda paisajes de gran belleza, con explotaciones que funcionan según prácticas medioambientalmente sostenibles desde tiempos muy remotos, con ganadería extensiva de engorde pausado, de alta calidad. Además, la dehesa es fábrica de oxígeno y llama desde lejos a las nubes para la lluvia”, explica el economista Ramón Tamames. “Es un acuerdo equilibrado de tres partes —hombre, bosque y ganado— que resultan mutuamente beneficiadas. Y contribuye a la creación de un microclima que intercepta radiación solar, vapor de agua y precipitaciones. Una garantía de resistencia a la erosión”.
El 70% de la dehesa mundial se concentra en la península ibérica, unos tres millones y medio de hectáreas de altísimo valor medioambiental, pero también económico. “Toda esa riqueza que se traduce en el célebre jamón de bellota está en peligro. Las zonas de la sierra de Aracena, con Jabugo y Cumbres Mayores, o la Sierra de Sevilla, algunas partes de Córdoba, incluyendo el valle de Los Pedroches, las áreas de Montánchez y Fregenal en Extremadura, o el sur de la provincia de Salamanca… Hay que tomar conciencia de la importancia del problema, que ya se atisba desde hace años. Sería una tragedia que por desidia científica y de política agraria, un día nos viéramos privados de un sector productivo que forma parte de nuestra identidad nacional”, alerta Tamames.
Las cifras cantan: solo en la sierra onubense se contabilizan 575.000 cabezas de cerdo ibérico. Y la inquietud es de tal calibre que en mayo se constituyó el foro para la defensa y conservación de la dehesa, que agrupa a 45 asociaciones, entre ganaderos, productores de jamón con denominación de origen, agrupaciones forestales y cinegéticas, criadores de toro de lidia, empresarios del sector turístico, fabricantes de corcho, sindicatos agrarios, universidades y cajas de ahorro de Andalucía, Extremadura y Portugal. Desde el foro, abierto igualmente a los grandes terratenientes y a jornaleros que ocuparon fincas en los guerrilleros años ochenta, explican que la dehesa es la forma de entender la ecología de nuestros abuelos. Y que la bellota asegura el relevo generacional en zonas desfavorecidas, donde los jóvenes prefieren meterse a albañiles.
La dehesa moderna poco tiene que ver ya con la dehesa tradicional y su lado más oscuro: latifundio e injusticia, asociados al régimen franquista. El antropólogo Rufino Acosta, de la Universidad de Sevilla, ha estudiado sus usos y costumbres, la mayoría ya perdidos. Para ilustrar su dureza, algunos ejemplos. Las bellotas eran vareadas por los hombres y recogidas por cuadrillas de mujeres que avanzaban de rodillas por terrenos mojados, cubiertos de barro y a veces escarcha. Los dedos se les congelaban. Se ponían una teja calentada al fuego y liada en un trapo para calentarse los riñones. Era un sistema de castas donde los hambrientos robaban las bellotas y los guardas, igual de pobres, hacían muchas veces la vista gorda. La castración de los cerdos, con luna menguante para evitar, decían, hemorragias demasiado abundantes, tenía un carácter ritual. Los hombres devoraban las criadillas, pues los genitales del puerco estaban dotados de un valor casi mágico. Y la matanza era una fiesta, la única en la que los señoritos compartían viandas con los jornaleros. El embutido aseguraba la subsistencia y marcaba también la diferencia de clases: para los ricos el jamón, para los pobres el tocino.
Hoy la dehesa es otra cosa. Pero si no se ponen los medios para atajarlo, la Seca podría alcanzar tal magnitud que solo habría un antecedente con el que compararlo: la gran peste porcina africana, la catástrofe ganadera que asoló Huelva a finales de los años cincuenta. “Fue la ruina total. Una ruina que duró 35 años. La gente pasó hambre. Emigró a las ciudades. Todos los cerdos fueron sacrificados. Los ancianos todavía recuerdan con un escalofrío a las parejas de la Guardia Civil ametrallando a los cochinos en sus pocilgas”, relata García-Palacios. “La encina es frondosa y su sombra nos cobija a todos. Nuestra intención es reclamar en Bruselas una ley europea específica para la dehesa. Pero es necesario que primero las autoridades españolas tomen verdadera conciencia de un problema que afecta a uno de los pulmones verdes del país”.
Por lo pronto, en Andalucía se han creado unos grupos de vigilancia integrados por ingenieros forestales que comprueban el avance de la Seca en decenas de dehesas y cientos de árboles seleccionados como testigos. Además, en la universidad de Huelva se ha venido investigando en la selección genética de ejemplares de árboles resistentes a la enfermedad mediante la clonación de ejemplares que sobreviven en zonas infestadas. En cuanto a las reforestaciones, según García-Palacios solo han servido para cobrar las subvenciones europeas, pues se hicieron a tontas y a locas sobre suelos enfermos, o bien con especies como el eucalipto, que crece a toda prisa a costa de robarle el agua a los árboles autóctonos y únicamente beneficia a la industria papelera. Desde la carretera de La Aulaga al Castillo de las Guardas, en el límite entre las provincias de Huelva y Sevilla, se observan algunos encinares en las lomas completamente rodeados por ejércitos de pinos y eucaliptos.
Pedro de Rus, empresario y científico formado en los Estados Unidos, lleva investigando el fenómeno desde principios de los años noventa. “La administración ha insistido tradicionalmente en el problema climatológico, una maldición del cielo, incluso cuando los agentes patógenos ya estaban identificados. Se han perdido unos años preciosos”. De Rus, a través de la empresa cordobesa Fertinyect, comercializa anualmente unas 350.000 inyecciones intravasculares que se aplican al tronco de los árboles. “El tratamiento está subvencionado en Portugal, pero en nuestro país no existe la misma sensibilidad. Las inyecciones son efectivas solo si van acompañadas de otras prácticas preventivas. En muchas ocasiones el árbol está ya tan grave que es equiparable a un enfermo de cáncer terminal. Es una patología de una velocidad endiablada. Un tractor que remueva la tierra en una finca con hongos propaga la infección. Pero es muy difícil abordar el problema cuando las normas medioambientales están dictadas por incompetentes y los dueños de las fincas temen que les multen si cortan una rama o limpian los arbustos. Así estamos viendo que los incendios, que eran fácilmente controlables hace 50 años, ahora son tragedias pavorosas”.
Que le pregunten a los vecinos de Berrocal, en la sierra minera, un pueblo arrimado al río Tinto que tuvo que ser evacuado en 2004 por un incendio devastador que se cobró dos vidas humanas. “Los árboles ya estaban secos antes del fuego”, recuerda Juan García Bermejo, de 76 años. “Me gané la vida descorchando alcornoques, como muchos vecinos. ¿De qué vive la gente ahora? Vive de milagro”. Sentado sobre el tronco talado de una encina bicentenaria, Juan reflexiona: “Jamás en la vida se ha visto algo así. Plagas, sí. La lagarta, la escoba de bruja… Pero la Seca es otra cosa. Ha arrasado los campos de mis antepasados, los árboles de la cañada y los del cerro, los que tienen agua y los que no, los de la umbría y los de la solana. Cuando pienso en ello me da tanto coraje que me pongo a llorar”. A su espalda, una encina agonizante, en un esfuerzo supremo, da sus últimas bellotas. “Estamos en la época, pero se las comerán los ciervos. De esa encina ya solo se aprovechará la leña. Un árbol de dos siglos que ya solo vale seis euros para hacer rajas”.
PAZ Y ESTRÉS EN UNA DEHESA DE HUELVA
San Bartolomé de la Torre es un pueblo madrugador. Antes del amanecer ya hay trasiego de vehículos rumbo a las fincas. Allí se ubica la dehesa El Campillo, de 1250 hectáreas, donde viven cuatro familias y trabajan 17 personas. Las encinas del Campillo son nonagenarias y, por tanto, adolescentes. Se arrancaron a principios del siglo XX y sirvieron como combustible para los acorazados y destructores de la I Guerra Mundial, propulsados por carbón. Desde la carretera, un paisaje bucólico que contagia paz. Pero la jornada laboral es estresante. La montanera comenzó hace unos días, por Tosantos. Es el llanto de las encinas, como los lugareños llaman a la caída escalonada de bellotas de las que se alimentará el cerdo ibérico durante sus últimos cuatro meses de vida. El cochino va suelto por los campos. La bellota no solo le engorda, también modifica la composición de su grasa, que se hace rica en ácido oleico. El bueno. “Un olivo de cuatro patas”, llamaba al cerdo ibérico el nutricionista Francisco Grande Covián. El cerdo ibérico de bellota será sacrificado con 14 arrobas (161 kilos). Todo se hace despacio. Una ternera necesita dos años y medio para alcanzar los 300 kilos, cuando hay razas, como la azul belga, donde se ha potenciado el engorde genéticamente y cogen los 800 kilos en once meses.
Las terneras de la dehesa descartadas para ser madres serán sacrificadas y sus solomillos enviados a restaurantes como Arzak, Viridiana o El Bulli. Un traslado de reses bravas ocupa la mañana de Pablo Sevillano, el mayoral, y Miguel Frías, el vaquero. Hay que separar a los becerros antes de que entren al camión. Pablo se conoce a cada vaca por su nombre. “¡Vamos la Fiscala, vamos la vaca buena!”, se desgañita. Mientras tanto, los toros acuden a comer a los bocinazos del todoterreno del guarda. En sus lomos, las gacetas blancas se alimentan de chinches y garrapatas.
Las salas de parto y destete de cochinos están protegidas por un vado sanitario para evitar la propagación de enfermedades. Allí trabaja Juan Manuel Rodríguez, de 37 años, encargado entre otros menesteres de vigilar que las madres no aplasten a los lechones mientras maman. El veterinario, José María Márquez, comprueba al aire libre con un ecógrafo qué cerdas se han quedado preñadas después de la monta del verraco.
“El campo tiene unos plazos diarios, ineludibles. Si se rompe una tubería, no se pude dejar a 2000 cochinos sin beber”, explica José Luis García-Palacios, el propietario, mientras atiende a los ojeadores que han ido a inspeccionar el ganado que se lidiará en las plazas. Son de raza vazqueña, el último encaste que queda en pureza, y pertenecen a una ganadería mítica, Concha y Sierra. La primera oreja que se cortó en las Ventas. “El toro de lidia es el rey; el cerdo ibérico, nuestro consejero delegado”.
Filed under: 2007, Naturaleza, XL Semanal |
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