Ellas llevan la batuta
“¡Las violas al poder!”, arenga Virginia Martínez a la sección de cuerda. Ojos verdes, tajantes. Es un ensayo general de la Orquesta de Jóvenes de la Región de Murcia. “Los graves, más guasones conmigo. Y vosotros, no solo tocáis el arco. Quiero todo el peso del cuerpo sobre el instrumento”. Virginia viste vaqueros, el pelo recogido en una cola de caballo. “¡No, no! ¡Parece una metralleta eso! Pam, pam, pam…Más tranquilos en la síncopa y la entrada del fagot”. Las órdenes se suceden y los músicos, adolescentes, se esfuerzan aplicadamente. Móviles por el suelo en modo vibración, bermudas y sandalias, un oboe con la camiseta del Barça… “Shhhh”, se impone delicadamente la directora. Los tiene en el bote. La receta siempre es la misma, da igual que sea una orquesta de principiantes o una filarmónica consagrada: una mezcla de autoridad y seducción. No solo hay que demostrar a los músicos, sean profesionales o aprendices, quién manda. Lo más importante es que perciban que los galones son merecidos.
La murciana Virginia Martínez es la más joven (28 años) de una generación deslumbrante de directoras de orquesta españolas que se abre paso en el hermético y, digámoslo sin rodeos, machista mundo de la música clásica. “Si no hay más directoras es porque los músicos se pitorrean de ellas”, se lamentó Dolores Marco, una de las pioneras, antes de morir. Pero algo está cambiando. Capitaneadas por la alavesa Inma Shara, que a sus 34 años ya es una estrella mundial consagrada, y por la madrileña Silvia Sanz, 37, capaz de hacer tocar una zarzuela a los bigotudos y resabiados maestros de la sinfónica de Turquía como si hubieran nacido en Chamberí, un puñado de mujeres que no se arredran ante los prejuicios ha tomado el testigo de Mercedes Padilla, la primera directora española. Una gran señora que sigue aguantando, después de más de veinte años subiéndose al podio, que haya críticos más pendientes de cómo va vestida que de su solvencia dirigiendo.
“Tienes que conquistar a los músicos desde el primer ensayo. En cada programa estudio el repertorio durante los seis meses previos, diez horas al día. Necesitas que la obra forme parte de ti. No puedes titubear”, afirma Shara. Y Silvia Sanz lo corrobora. “Siempre hay algún músico que a los diez minutos te hace una pregunta trampa para catalogarte, si tal o cual pasaje es en re mayor o menor. En ese plan. Debes demostrarles que te conoces al dedillo la partitura. Si no te los ganas en esos primeros diez minutos, nunca te respetarán”.
No es extraño que todas sean perfeccionistas hasta la obsesión. Estudian y repasan cada obra meticulosamente, incluso la biografía del compositor o el marco histórico. Cualquier detalle, si el autor estaba deprimido o alegre, o cómo se daba el golpe de arco en su época, les orienta. Es una labor de detectives que exige una tenacidad de la que ya han dado sobradas pruebas en sus vidas. No en vano, hacen falta de 15 a 17 años de estudio para conseguir ser directora. “Y luego no dejas de estudiar. Pero es algo vocacional”, explica Mercedes Padilla.
Son políglotas porque es una profesión nómada y también por exigencias de la partitura (alemán, italiano y latín son de uso obligado). No hay recetas mágicas contra la inseguridad o los nervios. La tensión en el camerino se sobrelleva con estiramientos, bombones, agua mineral y silencio… Mucho silencio. Ninguna sigue una preparación física especial, aunque hay obras que exigen cierta fortaleza atlética, como el Carmina Burana o la 9ª de Beethoven. “Dos horas de marcar el tempo sin parar, arriba y abajo”. El brazo acaba agarrotado y, al día siguiente, agujetas.
Una vez en el escenario, todas se transfiguran. “Cuando dirijo, dejo mi condición de mujer a un lado. El talento no tiene género. Me siento sólo persona y artista. Lo único que espero de la orquesta es un trabajo bien hecho. Que se entreguen, igual que lo hago yo”, apunta Shara, que pierde un par de kilos por concierto, a pesar de su delgadez. Tal es la intensidad con la que vive la música.
A pesar de que en los conservatorios el número de mujeres supera al de hombres, siguen escaseando las directoras. “La música clásica es muy clásica”, sentencia Shara. Hay puestos tradicionalmente reservados a mujeres, como el de arpista. Y grandes solitas femeninas en los instrumentos de cuerda. Pero llevar la batuta es otra historia. Mercedes Padilla lo sabe bien. “En el Festival de Salzburgo se puso enfermo el director y le sustituyó una mujer. Fue un escándalo. Y en mi presentación en el Teatro Real me pusieron muchos inconvenientes, con el contrato ya cerrado”. Eso la espoleó para crear su propia formación, la Orquesta Villa de Madrid. “La desconfianza ante las capacidades de una mujer hace que tengas que demostrarlas mucho más que un hombre”.
El ensayo dirigido por Virginia Martínez, está a punto de concluir. Durante el descanso, la sección de percusión se arrancó con un pasodoble espontáneo. Risitas de los violines, que no intervienen, muy formales y con los cuellos enrojecidos después de cuatro horas. Virginia sigue dando instrucciones y ánimos, incansable. “Muy bonito el solo de trombón”. Todos aplauden palmoteando sus muslos. Última pieza. Virginia los interrumpe al tercer compás. “Sé que tenéis hambre, pero por favor, ritmo de marcha. Da capo”.
“Solo soy una herramienta de la música”
Inma Shara, Amurrio (Álava), 34 años
Se llama Inmaculada Sarachaga, pero estaba cansada de oír “¿Sara… qué?” Así que adoptó un nombre artístico más eufónico. Descubrió su vocación a los cuatro años. Se formó en Alemania, Estados Unidos y Holanda. Fue alumna de Zubin Metha. Ha dirigido las filarmónicas de Londres e Israel, la sinfónica de Viena… Antes de un concierto necesita “cinco minutos de paz para reflexionar”. Le gusta vestir de negro. Toca el cello en privado. Se emocionó en concierto el de homenaje a las víctimas del terrorismo. Se siente vasca y sus pocos días libres procura escaparse al valle de Ayala. “Aquí están mis raíces. De aquí saco mi fuerza”. Pide que las fotos se hagan en este bellísimo enclave rural. Despliega tal energía cuando dirige que parece una médium en trance. Su combustible: pasta y bombones. “La música se adueña de mí. Pero yo no soy la protagonista, sólo soy una herramienta de la música”. Memoriza las 400 hojas de una sinfonía antes de dirigirla. Su identifica con los compositores románticos. “Dirigí a la orquesta de Parma en Ravello este verano, en un escenario sobre el mar y con luna llena. Romeo y Julieta, de Prokofiev. Todavía se me pone la piel de gallina recordando la atmósfera de ese concierto”.
“Los niños que aprenden a tocar un instrumento
son el público de mañana”
Silvia Sanz, Madrid, 37 años
Es volcánica y elegante. Una telaraña de miradas, complicidades, gritos, vehemencia, sutilidad. Le hubiera gustado conocer a Leonard Bernstein. Ha dirigido en España, Italia, Francia, Alemania, Austria, Turquía, Paraguay, Lituania… “Cada orquesta tiene su propia psicología, dependiendo del país. Las centroeuropeos potencian la sección de cuerda; en Latinoamérica, los metales”. Es titular de la Orquesta Sinfónica Chamartín y de la Filarmónica Mundo Jonsui, formada por niños. “Los críos que aprenden a tocar un instrumento interiorizan una serie de valores que les servirán en la vida, aunque no lleguen a profesionales: disciplina, trabajo en equipo, afán de superación… Y además serán el público de mañana”. Tiene una hija de cinco años que ha mamado la música desde que nació. “Le pusimos un violín en la cuna nada más nacer. Cree que hay obras que no se pueden dirigir cuando se es joven. “Hace falta haber vivido mucho, haber amado y sufrido, para enfrentarse al Réquiem de Mozart”.
“En una orquesta debe prevalecer el talento, no el género”
Virginia Martínez, Molina de Segura (Murcia), 28 años
Estudió en Viena. Devota de Claudio Abbado. Antes de un concierto realiza estiramientos de espalda y necesita silencio en el camerino. Su padre fue rockero y le enseñó a tocar el órgano desde los seis años. De las canciones de los Beatles pasó sin darse cuenta a la música clásica. Conoció a su marido, David, violinista, dirigiéndole en una misa de Mozart, su compositor favorito. En casa tocan a veces música de cámara (ella al piano), pero por lo general desconectan. Se confiesa “un poco mandona desde niña”. Le encantaría compaginar la maternidad con su vocación, pero prefiere esperar. “Demasiados viajes y compromisos”. Virginia lo tiene claro: “Cuando no haga falta celebrar el Día de la Mujer se habrá llegado a la igualdad efectiva. Que debe ser de oportunidades: formación y talento deberían prevalecer, no el género. En una orquesta y en cualquier ámbito profesional”.
“Estudié 17 años para ser directora y luego seguí estudiando. Nunca dejas de estudiar”
Mercedes Padilla, Madrid
Mercedes Padilla es una pionera: cuando estudió la carrera era la única mujer. “Entonces hacían falta 17 años para ser directora”. Se empleó con tal afán que consiguió sacar cinco titulaciones superiores: dirección, solfeo, pedagogía musical, piano y composición. «Pero luego sigues estudiando. Nunca dejas de estudiar”. Es catedrática de contrapunto y fuga. Fundó la Orquesta Villa de Madrid. “Soy empresaria. Trabajamos con contratos y eso hace que tengamos que mantener una calidad muy alta”. Dirige con traje pantalón o esmoquin negro. Nunca con falda o vestido. “Hay quien ensaya mirándose al espejo con la batuta y haciendo posturitas, yo no”. Su obra predilecta es la Pasión según san Mateo, de Bach. Su marido, solista de órgano, le regaló una composición para que la dirigiera. Fue el concierto más emotivo de su vida.
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Me pregunto de dónde saca el tiempo esta mujer para estudiar, entre entrevistas, cenas benéficas, programas de la tele, entregas de premios, fiestas varios y saraos… en los que está metida…
Inma Shara es un fraude como directora, cualquier músico que haya trabajado con ella lo sabe de sobra. En los conciertos se dedica a bailar y los músicos van de cabeza (por no decir de culo) para no perderse. En muchas ocasiones tienen que mirar al concertino que es el verdadero director (como ocurre cuando Fernando Argenta saca a dirigir a niños en El Conciertazo). Y todo esto no lo digo porque sea mujer, hay más mujeres directoras en España y en el mundo. Mucho mas que esa media docena de privilegiadas de la que ella asegura formar parte. Músicas que no acuden a galas benéficas, que no salen con modelitos en el hola y el diez minutos, músicas serias…
Lo dicho, qué pena de mujer y qué fácil es engañar al personal con bonitas palabras, bonitos modelitos y mucho marketing.