Arrasaron los casinos europeos como una plaga de langosta. El clan de los García-Pelayo. Una familia madrileña que descubrió un filón en una levísima imperfección de las ruletas y lo explotó sin contemplaciones. Gonzalo e Iván, padre e hijo, rememoran sus hazañas sobre el tapete, cuando eran el terror de los crupieres. Y es que la familia que hace saltar la banca unida permanece unida.
¡Qué noche la de aquel día! ¡Qué madrugada la de aquella noche! Seis miembros de la familia Pelayo –hermanos, primos– sentados en otras tantas mesas de ruleta en el casino de Viena. Y todos ganando. Doce millones de pesetas al cambio. ¡Que no pare la música! ¡El vals del tío Gilito! Los jefes de sala jurando en tirolés. El director con sus fotografías en la mano… “Vaya, estos me suenan… Mein Gott! Die Pelayen!” Clientes non gratos en los casinos de media Europa. Qué digo non gratos, ¡enemigos públicos! Sus fotos circulando de Madrid a Montecarlo, de Niza a San Petersburgo, como forajidos del Oeste. No van armados. No hacen trampas. Pero son muy peligrosos.
Iván García-Pelayo, licenciado en Filosofía y cantante pop, mariscal de campo en las operaciones de acoso y derribo a los cuarteles del azar, decide levantar el asedio. Son las cinco de la madrugada. Toca retirada y la tropa, disciplinada, vuelve al hotel. Iván tiene a su madre en Dinamarca, apuntando números en el casino de Copenhage. Y a su padre en Atlantic City, en viaje de prospección, como ellos dicen. Lo llama por teléfono. “¿Papá? Todo como una seda. Doce kilos. Y llevamos 38 si sumamos lo de Amsterdam”. Cuando cuelga y mira de nuevo los 38 fajos de un millón atados con gomitas, siente un impulso irrefrenable. Debe estar en el genoma, porque media humanidad ha tenido la misma fantasía. Mezcla los paquetes y lanza los billetes al aire. Una ducha de florines holandeses y chelines austríacos. Hermana, primos y demás familia no resisten la tentación. Todos se revuelcan en divisas en una melé consanguínea. Luego esconden el dinero en las cajas de cereales para el desayuno. Pero quién puede dormir cuando estás en la cima del mundo.
Desde luego, no Gonzalo García-Pelayo, el padre, productor de discos y estratega a distancia. Después de la conferencia telefónica con Iván, observa la piscina del hotel desde su ventana: un témpano de hielo macizo. La peor tormenta de nieve de la década en la Costa Oeste. Pero qué importa. Su memoria arde con los recuerdos de los últimos meses. Estamos a principios de los noventa. La cultura del pelotazo campa a sus anchas. España es una caja registradora. Y Gonzalo es un surfista en la cresta de una ola que salpica espuma de champán.
Todo empezó con un silogismo. No existe máquina perfecta. Las ruletas son máquinas. Ergo… ¡Aquí hay pasta gansa! Quizá Aristóteles no lo hubiera formulado tan crudamente. Veamos: de los mecanismos fabricados por el hombre, los relojes atómicos son los que más se aproximan a la divina exactitud. Sin embargo, hay que reajustarlos al cabo de los años, añadiendo un segundo bisiesto para adecuar el tiempo oficial en nuestro planeta al tiempo astronómico, el del universo. Si hasta los relojes atómicos atrasan, ¿por qué una ruleta va a ser imparcial?, ¿por qué no va a tener sus preferencias, mimando al 21, pongamos por caso, en detrimento del 17? “La mayoría de los sistemistas cree que un número tiene mayor probabilidad de salir cuando no aparece en largas series anteriores. No es cierto. La ruleta está blindada al análisis matemático, pero no al físico”, explica Gonzalo. “En el casino de Madrid nos dimos cuenta de que las ruletas no observaban las estrictas leyes de la aleatoriedad”.
La suerte, la buena y la mala, tiene límites. Si uno lanza cien veces una moneda es casi imposible que salga cara en más de 75 ocasiones. “En Madrid ciertos números estaban saliendo muy por encima de lo que les correspondía. Lo cual era inaceptable sin un defecto de fábrica en las mesas. Hicimos simulaciones en antiguos ordenadores que echaban humo tras semanas de trabajo. Estudiábamos 20.000 bolas por cada ruleta antes de decidir si valía la pena ir a por ella. Por supuesto, a veces perdíamos. Lo bueno de perder es que el casino se relaja, te toma por un chiflado más”.
Empezaron a jugar en serio. “No nos despegábamos de la mesa ni con disolvente. Daba igual que empezásemos ganando o perdiendo. Lo único que importaba era volver al día siguiente para seguir jugando los mismos números. Perder era parte del sistema. Lo que importaba era la acumulación de apuestas jugadas”. Lo malo es que una noche se volatilizaron diez millones de pesetas en cinco angustiosas horas. “Casi nos deja fuera de combate… A la larga tuvo su ventaja, porque se vino abajo la popularidad que empezábamos a tener en el casino, lo que retrasó la capacidad de respuesta de los directivos”. No era demasiado consuelo que todos los plenos hubieran caído en los números vecinos a los que ellos apostaban. “Sí, el sistema funcionaba. Pero recordábamos el chiste de aquel jugador que, viajando por el mundo, enviaba regularmente a su familia un telegrama que siempre repetía: Sistema funciona. Stop. Envíen dinero”.
Les quedaban 600.000 pesetas para levantar el vuelo. Jugaron todo el verano a cincuenta duros. Sólo cuando el nivel de ganancias era alto pasaban al siguiente nivel: 500 por ficha… Al finalizar el año habían ganado 200 millones. El núcleo duro de la flotilla, como se llamaban entre ellos, estaba formado por Gonzalo; una infantería de veinteañeros –su hijos Iván y Vanesa, sus sobrinos Guillermo, Cristian y Marcos–; y en la retaguardia su mujer, Carmen, y Teresa, su ex exposa. “Jamás hubo una malversación. Nadie metió mano en la caja. Y eso que manejábamos varios millones en cash cada día sin recibo alguno. Ventajas de una empresa familiar. El dinero se dejaba en la mesa camilla del salón de casa, por lo que más de una vez la señora de la limpieza se llevó un buen susto”.
¿Cómo se embarcaron con tanta fe en una aventura tan improbable? “Muy sencillo. Todos estábamos tiesos. Y éramos muy jóvenes”, explica Iván, que recuerda divertido cómo los primeros días no podían evitar las indigestiones en el bufet del casino. Una dieta de dátiles con beicon. Elaboraron un sistema de rotaciones, donde cada uno trabajaba ocho horas y descansaba un día por semana. De cinco de la tarde a cinco de la madrugada. Reglas: no revelar el sistema a nadie, dar siempre la sensación de perder dinero y desterrar toda superstición.
“No somos ludópatas. La idea de jugar a algo sin expectativa de ganancia nos parece repugnante”, apunta Gonzalo. “O jugamos con ventaja, o no jugamos”, remacha Iván. El Gran Casino de Madrid era el perfecto adversario. A 28 kilómetros de casa, exigía una logística mínima. “Comíamos caliente, de puchero, mientras preparábamos la táctica de la noche. La casa siempre olía a garbanzos”. Madrid era entonces el centro de apuestas más grande del continente, aunque no lo pareciera por su decoración: sobreabundancia de espejos y dorados… “y una alfombra isabelina que machacaba nuestros tobillos a fuerza de recorrerla”. También probaron –y saquearon– el de Lloret de Mar. Un mes inolvidable durante los Juegos de Barcelona. Por el día asistían a las pruebas en el estadio olímpico. Por la noche, batían sus propios récords de ganancias.
El clan de los Pelayo tuvo un primer enemigo declarado: los crupieres. “Como no les dábamos propina, se negaban a cambiarnos las fichas”. Pero del roce nace el cariño y la tacañería no impidió el flirteo entre jugadores y empleadas. Alguna aventura acabó en boda. Un directivo, celoso de que le levantasen a su chica, amén del dinero de la banca, les puso un detective. “Y en el casino se echaron a temblar al comprobar lo organizados que estábamos. Empezaron a cambiarnos las ruletas de sitio, pero las reconocíamos porque todas tenían alguna marca, algún arañazo. Luego sustituyeron las viejas mesas de la marca Hispania por otras con casillas de bajo perfil donde la bola rebotaba mucho más. Volvimos a hacer cálculos y… ¡el método seguía funcionando! Finalmente, nos invitaban a desalojar la sala una noche sí y otra también. Por las buenas o por las malas. Y nos demandaron por trampas. Nosotros ganábamos todos los juicios, pero la cosa se alargaba y tener razón era lo de menos”.
Los casinos españoles se convirtieron en un coto vedado para los Pelayo, que se lanzaron a por los europeos. Y en ésas estábamos, Iván se despierta en la habitación de su hotel en Viena, con la resaca de los doce millones de la noche anterior. Y la familia se prepara para su afrontar su jornada laboral. A las cinco de la tarde todos los casinos del mundo son iguales, algunas mesas vacías y otras medio llenas, las camareras recién levantadas y bien maquilladas. “No queríamos admitirlo, pero algunos empleados nos sonreían. Algo extraño ocurría… Eran las mismas ruletas. Lo habíamos comprobado…” Después de varias horas se dieron cuenta del engaño. “¡Nos habían cambiado los componentes de lugar! El plato de una mesa en el soporte de otra, y así… Ya decía yo que era muy raro que nos sonrieran”. Llevaban algunos meses preocupados porque el tiempo de reacción de los casinos era cada vez más estrecho. En Copenhague, los de seguridad, pistola en la sobaquera, les pusieron de patitas en la calle. Así que decidieron probar en América, donde no piden identificación. ¡Hacer saltar la banca en Las Vegas! El sueño de Gonzalo.
Las Vegas. Ciento cincuenta casinos, uno detrás de otro. El Caesar’s Palace, el Flamingo, el Tropicana… Estudiaron cincuenta ruletas. Pero, ¡ay!, la ruleta americana, además del cero, tiene un doble cero. Una casilla más que la francesa. Ese doble cero, esa doble mosca cojonera, introduce una variante probabilística que recorta las posibilidades del que apuesta. Además, los casinos americanos son otro mundo. Tienen muchas entradas, pero su diseño laberíntico hace que sea complicado salir; la caja para cambiar el dinero por las fichas se encuentra fácilmente; pero no la caja de cambiar las fichas para marcharte; las habitaciones de los lujosos hoteles no tienen minibar, si quieres beber tienes que bajar al casino… Y abren 24 horas sobre 24. El clan se estrelló. Gonzalo intentó resarcirse jugando hora tras hora, sin descanso. Perdió la noción del tiempo. Desayunaba a las diez de la noche. Comía al amanecer. Hasta que el 28 salió cuatro veces seguidas, haciéndole perder sus últimos dólares. Gonzalo cayó fulminado sobre el paño. Gritos, ambulancia. Pensaron que era un infarto, pero fue el cóctel del estrés, la angustia y el agotamiento. Era una advertencia.
La flotilla se fue desmembrando. Cada uno empezó a buscarse la vida. A casarse, a tener hijos. Encontraron empleos que no dependían de la inestable alternancia del rojo y el negro. Algunos todavía probaron suerte en Australia. La última oportunidad. “Los australianos son unos fanáticos de las estadísticas. Todo el mundo apunta números, así que pasábamos desapercibidos”. Pero el sistema, misteriosamente, dejó de funcionar. Quizá, en el fondo, sólo fuera una cuestión de fe. Y la estaban perdiendo.
Gonzalo se restableció y probó suerte en las quinielas. Se enfundó el batín que ha sido su mono de trabajo durante veinte años, hizo cuentas, enrevesados logaritmos, y calculó que hacían falta quince millones de pesetas por jornada para obtener pingües beneficios al cabo de tres años. Esto significaba jugar 600 millones por temporada. Formó una peña. Pero al segundo año la pelotita, caprichosa, dio en el poste más veces de lo que dictaban las ecuaciones… Total, el negocio hubo de ser liquidado. Sin pérdidas. Pero sin ganancias estruendosas. En cuanto a Iván, montó con un socio una agencia de viajes para jugadores, Casino Tours.
Los Pelayo también recurrieron a submarinos, gente ajena a la familia, no fichados por las salas de juego. ¿Siguen haciéndolo? Quizá sí. Quizá no. “Todavía nos alegra pensar que los directores no duermen tranquilos cuando piensan en nosotros. ¿Pueden estar seguros de que en este momento un submarino no les está torpedeando una ruleta?” ¿Farol? Hagan sus apuestas.
UN ESPAÑOL, CAMPEÓN MUNDIAL DE PÓKER
Gonzalo García-Pelayo presume de haber descubierto a Juan Carlos Mortensen, que en 2001 se proclamó campeón del mundo de póquer en Las Vegas. “En España siempre se ha jugado chiribito, una modalidad del póquer introducida en los círculos recreativos militares en tiempos de Franco”. El espirítu del chiribito es el del novio de la muerte. No da tiempo a pensar. El azar te perdona la vida o te acribilla y tú te pones en sus manos, sin táctica ni estrategia, apelando a la virilidad. Gonzalo lo abomina porque considera que el póquer es, después del ajedrez, “el juego de mayor calado intelectual”. Lo dice con conocimiento de causa, pues montó un garito en Madrid donde introdujo la variedad de moda: el texas holdem. Por cierto, que jugar al póquer no es delito, pero los organizadores de una timba cometen una infracción fiscal si no cotizan a Hacienda. A su local acudían crupieres, ajedrecistas y reventas, que solían ganar; y periodistas, escritores y artistas, que eran los desplumados. “Suele perder el que desprecia las matemáticas y se guía por las corazonadas”. Allí se fogueó Mortensen antes de cruzar el Atlántico. La inscripción en el campeonato cuesta 12.000 euros y su primera intentona acabó en números rojos. A la segunda fue la vencida. Con un doble farol ganó casi un millón de euros en semifinales y con un nueve de diamantes se embolsó otro millón y el título mundial. Mortensen había estudiado los gestos de sus rivales y era capaz de detectar si faroleaban con sólo mirarles a la cara. Como dice Gonzalo, “jugar bien significa ganar con buenas cartas, con regulares y con malas”. Y reconoce que los profesionales van buscando membrillos, víctimas propiciatorias. Tienen un sexto sentido para olfatear la candidez y no dudan en aprovecharlo. Ni siquiera tiene escrúpulos el párroco de Luisiana que sufraga sus obras de caridad con el dinero que aligera a los bisoños. Un hueso duro de roer, este sacerdote, para Mortensen y el resto de profesionales que hacen un circuito semejante al del golf, de ciudad en ciudad. ¿Cómo reconocer a un membrillo? “Muy fácil. Es el que espera una pareja de ases para atacar”.
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El texto final fue recortado (ajustado, es el eufemismo) en unos tres folios. Por lo menos, me dejaron que yo hiciera la poda.
Simpáticos, los Pelayo. Hablé por teléfono con Iván pero pasé de entrevistarlo. Por entonces ya estaba yo en plan ermitaño y cada entrevista se me hacía cuesta arriba. Como publicaban un libro con sus andanzas, la revista me había mandado las galeradas y construí el reportaje basándome en ellas.
El fotógrafo y los Pelayo me esperaban en Madrid, en casa de Gonzalo. La revista había alquilado una ruleta y la había trasladado allí. Quedó muy bien en la foto. Pero yo no aparecí por allí. Me fui a jugar al baloncesto a la cancha de asfalto que hay junto al estadio Cartagonova. Jugué como cuatro horas, partidos a diez puntos. Semanas más tarde me rompí el tendón de Aquiles allí mismo.
Me ofrecí a Iván García-Pelayo a escribir un guión basado en el libro (entonces estaba recién embarcado en el Submarino de bolsillo, y con la beca del ICAA reciente, 12.000 euros solo por escribir, me comía el mundo). Iván pasó de mí olímpicamente.
Lo que más me gusta del reportaje es la mención del chiribito y lo de los relojes atómicos (que provenía de un antiguo mío). Lo peor, el comienzo, con todos esos signos de admiración.