Primavera de 1906. Boda del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Los periodistas han madrugado para situarse al paso del cortejo. Todo transcurre según el protocolo, hasta que alguien arroja un ramo de flores sobre la carroza real. El ramo esconde una bomba de dinamita. El atentado anarquista ocasiona 20 muertos. Los redactores toman notas apresuradas, los fotógrafos disparan fogonazos de magnesio. Cuando vuelven a sus diarios, llevan sangre en la suela de los zapatos. ¿Cómo se elaboraba un periódico a principios del siglo XX?


Pongámonos en la piel de uno de los reporteros que acaba de regresar del atentado. Manuel Troyano, de ABC, ha escrito dos folios aporreando las teclas de su pesada Underwood como un autómata, pero se ha atascado con el final de la crónica. Quiere terminar con una frase esperanzadora que se eleve por encima del horror. Pero el redactor jefe no está para florituras. ¡El cierre se echa encima! El superior se acerca a Troyano y empieza a leer el artículo inconcluso por encima de su hombro. ¿Quién no se quedaría bloqueado?

En aquella época no había facultades de Periodismo. La escuela era la calle. Bastaba ser “un muchacho despierto y lenguaraz, que discuta con sus camaradas por cualquier motivo; que hable con desenfado de cualquier asunto; que emprenda todas las carreras y ninguna concluya; que critique todos los libros sin abrir uno jamás” (El curioso parlante). Y cualquier cuchitril servía como Redacción, siempre que tuviese “atmósfera”. Esto es, que hubiese un enjambre de personajes entrando y saliendo, y que las máquinas de escribir Remington temblasen con el trepidar de la rotativa, que solía ubicarse en el sótano.

Las plantillas se componían de un redactor de fondos, otro de sueltos, el encargado de los asuntos extranjeros, el gacetillero (con el auge imparable de los sucesos ganó en prestancia profesional y pasó a llamarse reporter) y el folletinista, que traducía a vuelapluma novelones del francés cuyos capítulos solían llegar en el tren correo y que el público devoraba al día siguiente. No faltaba el infiltrado: vocero del gobierno de turno, que se sacaba un sobresueldo del llamado “fondo de reptiles” a costa de las arcas públicas, a condición de que su pluma fuese agradecida. Por fin, el confeccionador, tijera en mano para trasquilar crónicas y despachos, se las entendía con el regente de la rotativa; a veces, la conveniencia de levantar una página ya confeccionada (eran de plomo) para incluir una noticia de última hora había que argumentarla a puñetazos.

Pero hemos dejado a nuestro apurado periodista buscando inspiración. El jefe se impacienta. “¿No recuerdas nada más?”, le pregunta. “Ahora que lo pienso, el público aplaudió cuando comprobó que los Reyes estaban a salvo…” “¡Pues cuéntalo!” Y Troyano escribe: “…Y para expresar la indignación y aplaudir a los Reyes no había republicanos ni monárquicos; no había más que españoles” Coloca el punto final y el redactor jefe arranca el folio del rodillo, le echa un vistazo y se lo entrega al linotipista.

El taller es otro mundo. Vestir un mono azul manchado de grasa imprime un carácter proletario y respondón. Los trabajadores de talleres funcionan en bloque. Si ellos se plantan, el periódico se va a pique. Saben de su fuerza. Y la dirección los respeta. La camaradería se extiende al binomio hombre-máquina. Sucedió en La Verdad que se rompió la correa de la vieja rotativa y todos los empleados tuvieron que quitarse el cinturón de los pantalones para hacerla funcionar. Los vínculos son de una confianza casi conyugal: a la rotoplana de Murcia le llamaban La Catalina.

Las linotipias se generalizaron en la primera década del XX. Semejantes a enormes máquinas de escribir, constan de 16 filas con 6 teclas cada una. Los linotipistas transformaban el texto en líneas de plomo. Luego se cortaba y encajaba en la pletina, un rectángulo de metal con las mismas medidas de la página. Cuando el diario había sido impreso, el plomo se fundía en un crisol. Los gases que emanaba eran nocivos. Como contrapartida, los trabajadores tenían un plus para comprar leche.

Confeccionados en plomo todos los artículos que componen una página, los cajistas o tipógrafos los iban montando, a la manera de un rompecabezas. Eran unos profesionales asombrosos capaces de leer al revés las galeradas de plomo. El fundador del Diario de Avisos fue un tipógrafo con instinto empresarial. Los periódicos de provincias solían ser negocios familiares (Federico Joly en el Diario de Cádiz, La Rioja, Diario de Ávila…) Suplen la falta de medios con su agilidad para estar al cabo de la calle y tomar el pulso ciudadano (Diario de Burgos). Esto lo entienden bien el el Diario Montañés, sea para pedir industrias en Cantabria o para hacerse eco del jolgorio porque, en una visita a Santander de Alfonso XIII, nadie ha previsto un coche para el alcalde y éste ha seguido a la carroza real corriendo y dando ¡vivas! entrecortados por los jadeos.

Aún queda tintar la página plúmbea e imprimir una prueba en papel. Los correctores repasaban las galeradas y rectificaban los fallos. Pero entre las prisas y los duendes, siempre se escapa alguno. Cuentan en La Voz de Galicia que no eran raras las reuniones del conejo de ministros o, en la sección de vida social, las peticiones de ano. A continuación, la página de plomo se prensaba sobre un cartón, paso previo a la impresión de la pieza final de plomo curvado, llamada teja, que luego se encajará en la rotativa. Las tejas podían pesar veinte kilos y los encargados las levantaban a fuerza de riñones. También había dobladores para plegar las páginas. El formato sábana requería la maña de un papiroflexista. Tanto papel se requería que su coste representaba el 40% de los gastos del diario. Desde luego, más que los sueldos de los periodistas. A veces se pagaba en especies (un bocadillo, una entrada para el teatro). Se empezaba haciendo méritos, y el mérito consistía en no cobrar.

A última hora llega un muchacho a la Redacción de ABC en busca de las 25 pesetas con las que el diario gratifica a los fotógrafos aficionados. Dice haber oprimido el disparador justo antes de escuchar un estruendo. Ni siquiera ha encuadrado. El director tiene una corazonada. Ordena que revelen la imagen y luego no da crédito a lo que ve: “¡Paren la rotativa!” El espontáneo espera sus cinco duros, pero lo premian con 300 pesetas. La foto dará la vuelta al mundo. Recoge el momento justo de la explosión. Es una exclusiva. En la jerga del oficio, un pisotón.

Y ahora, a vender. Los repartidores vocean las ediciones matutina o vespertina, pregonando el nombre del periódico y a continuación un titular, o alardeando de incluir “¡el número de muertos y heridos!” del suceso del día. Las desgracias van perdiendo en candidez y ganando en truculencia. Cómo no recordar aquel primer suceso publicado en el Diario de Navarra: “Carnaval desgraciado en Madrid: un vendedor de serpentinas atropellado. Y otro de confetis”.

Se contrataban varias conferencias telefónicas diarias para abastecerse de noticias, así como un servicio telegráfico con tarifa reducida. El ferrocarril y el telégrafo fueron los grandes impulsores de la prensa regional en España desde mediados del XIX. El Norte de Castilla y Heraldo de Aragón destacan como pioneros en el aprovechamiento de las nuevas tecnologías. El Comercio se hará un hueco reclamando mejores comunicaciones ferroviarias para Asturias. Y sólo hay que leer la visita de un lector a Las Provincias con el primer teléfono que llega a Valencia, ensayado con regocijo por los redactores, para percatarse del prestigio reverencial hacia la ciencia y los avances técnicos, aunque no se desdeñasen las palomas mensajeras para el envío de las crónicas de los corresponsales de los pueblos. Pero periodistas como Martín Fernández ya profetizaron hace un siglo que el futuro sería multimedia, audiovisual, instantáneo. Hoy lo llamamos internet, él lo bautizó Fotocinematotelefonógrafo.



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