Rascacielos blandos
Viajemos al siglo XII: París, año 1125. Imaginémonos a los albañiles en el último andamio de la catedral de Saint Denis. Y ahora pongámonos en la piel del abad Suger, que mira desde abajo cruzando los dedos… ¡Tan alta y no se derrumba! El jefe de obra le explica que el arbotante descarga las presiones hacia los contrafuertes y el clérigo, maravillado, sólo acierta a santiguarse. ¿Intuía que ese avance técnico no sólo iba a transformar la arquitectura, sino que llevaría consigo una revolución espiritual que cambiaría desde la forma de pensar hasta el humor de las gentes en la Edad Media? ¿Sabía que se estaba dictando la sentencia de las iglesias románicas –pesadas, oscuras, abrumadoras– y que a partir de entonces los edificios se elevarían esbeltos y optimistas hacia el cielo? ¿Le emocionaría haber impulsado la construcción de la primera catedral gótica?
Volvamos al presente. Nueve siglos más tarde la arquitectura está viviendo otra revolución gracias al diseño por ordenador. La última generación de arquitectos, descarada y jovencísima, está levantando edificios imposibles hace sólo una década. Una iraní y un español forman la punta de lanza de la vanguardia mundial. Tienen su estudio en Londres. Trabajan simultáneamente en Japón, España, Estados Unidos y Corea. Dan clases en Austria y Holanda. Sus equipos están formados por imberbes empollones recién licenciados en las universidades de Amsterdam, Barcelona o Tokio. Ella es Farshid Moussavi. Él, Alejandro Zaera Polo. Están casados y tienen una hija de dos años, Mina, que corretea descalza, ingobernable para la niñera, acaparando a sus papis, que pasan más tiempo en los aeropuertos que en su residencia londinense de Belgrave Road.
Farshid y Alejandro. Alejandro y Farshid. Tanto monta… Son pareja, pero ante todo son socios. Trabajan en igualdad de condiciones. Posan para el fotógrafo guardando las distancias. Farshid no va maquillada y sus ojos azules se agrandan en la palidez de sus rasgos. Los dos visten de negro, con el minimalismo ascético que trasladan al plano o a la espartana decoración de su casa: paredes desnudas, largos estantes de libros, una diminuta alfombra persa como una balsa de náufrago en la vacía extensión del suelo de madera. No han cumplido los 40 años y hace tiempo que se codean, colaboran o compiten con los arquitectos consagrados de la generación precedente: Foster, Piano, Isozaki, Moneo, Gehry…
Los cimientos de su trabajo son multiculturales. Pura torre de Babel. Farshid es una exiliada; Alejandro, un emigrante de lujo. Farshid salió por piernas de Irán con toda su familia en 1978, cuando la revolución de Jomeini. “Vivo en Londres desde los 13 años. Llegué con una maletita. No he vuelto a mi país desde entonces. Pero no tengo la sensación de haber sufrido en el exilio. Al contrario, creo que me hizo madurar. Cada vez hay más gente trabajando en países en los que no han nacido. Tiene sus ventajas. Cuando no conoces todos los códigos culturales de un lugar puedes encontrar posibilidades nuevas porque no estás limitada por las convenciones. Pero no debes permanecer al margen para siempre. El extranjero tiene que esforzarse en comprender el sitio donde vive”.
Farshid se considera londinense antes que británica, lo que tiene su miga. Sólo hay que darse una vuelta por las tiendas de Oxford Street para comprender hasta qué punto el mestizaje es la norma. Hindúes, africanos, latinos y asiáticos marcan el pulso de la ciudad. Como foráneo, Alejandro apunta a la necesidad de ser diplomático, de no ir de estrella. “En los ochenta, los arquitectos procuraban crear edificios que fueran su sello personal, daba igual que estuvieran en Nueva York o en Islamabad. Nosotros intentamos encajar en el contexto. No queremos ser turistas de hotel Hilton, que quieren encontrar lo mismo allá donde van”.
También en su método de trabajo renuncian a los alardes. “Los arquitectos clásicos despliegan equipos enormes, desembarcan con su propio ejército de ingenieros… Nosotros preferimos colaborar con la gente del lugar. No nos interesa hacerlo todo desde Londres. Queremos pisar el terreno, ver qué utilidad se le da al edificio, cómo evoluciona. Nos fuimos a vivir a Japón para sacar adelante la terminal de Yokohama. Estuvimos dos años residiendo a pie de obra”, explica Alejandro. “Lo importante es comprometerse”, resume Farshid.
Yokohama les consagró. 753 arquitectos competían anónimamente por construir la terminal de cruceros. Farshid y Alejandro dieron el campanazo. Se les vino encima un encargo mastodóntico presupuestado en 200 millones de euros. Dejaron de ser unos desconocidos, pero los japoneses miraban con recelo a aquella pareja de novatos. “Fue una batalla que duró siete años. Hubo muchos problemas económicos y burocráticos”, recuerda Farshid. Por suerte, los constructores decidieron rematar la faena “honorablemente”, sin preocuparse tanto del dinero. Y Japón inauguró la terminal justo a tiempo para el Mundial de fútbol. Y ahora presume de un edificio que se ha convertido en estandarte de las nuevas corrientes. The Times bautizó a Alejandro y Farshid como los arquitectos “más originales” del momento.
La idea que alienta en Yokohama deja perplejo: un edificio que no existe. Alejandro matiza: “Bueno, digamos que el edificio desaparece. Subes a un puente, miras y no está. Tienes que explorar para descubrirlo. Alejandro sintetiza las dos grandes preocupaciones de la generación emergente. “La primera es la integración entre el lugar y el objeto arquitectónico. Hubo una época en la que a los arquitectos se les daba un terreno y se les encargaba una biblioteca, un aeropuerto, un centro comercial… Pero ahora los proyectos son mucho más amplios. Tienen en cuenta la vida urbana, los alrededores, las comunicaciones. La tipología del edificio ya no es tan relevante. Cuando haces una casa es difícil tipificar qué tipo de familia la habitará: si padre, madre y tres niños, o una pareja de homosexuales, o un divorciado… Las estructuras sociales son más complejas y los arquitectos también debemos revisar nuestras propuestas”.
La segunda obsesión son las nuevas tecnologías. “Farshid y yo nos conocimos en Harvard, donde los profesores eran muy escépticos con el potencial de las computadoras. Decían que eran para torpes, que nos concentrásemos en nuestros algoritmos, en el cálculo de tensiones. Pero en un año toda la universidad fue remodelada con laboratorios informatizados. Fuimos la primera generación que se tomó en serio el trabajo con ordenador. No es que fuésemos más listos, es que nos tocó vivir esa transición”.
Fueron seleccionados para representar al Reino Unido en la última Bienal de Venecia, la gran pasarela de la arquitectura. Y han sido invitados a participar en el concurso de ideas para reconstruir la Zona Cero. Esa enorme herida en medio de Manhattan es el solar más sugestivo del planeta. Un brutal escaparate de 2 millones de metros cuadrados. Alejandro estuvo en Nueva York dos días antes del ataque del 11 de septiembre. “Recuerdo haber mirado la línea del cielo mientras paseaba. Volví una semana más tarde. Vi entonces las banderas, la propaganda nacionalista. Y supe que no me gustaría que aquí se levantara una especie de cementerio”.
El proyecto que se sacaron de la chistera dejó boquiabiertos a los neoyorquinos. Un conjunto de rascacielos sinuosos que se entretejen, curvan y retuercen hasta alcanzar los 487 metros de altura. Torres onduladas que se sostienen gracias a que se apoyan unas en otras, codo con codo, viga con viga. Sólo con un complejísimo cálculo computerizado se puede levantar esa utopía. La solidaridad entre los edificios cautivó al jurado y el proyecto es ahora uno de los seis finalistas, entre 407 aspirantes de 34 países. Daniel Libeskind, Norman Foster o Richard Meier están entre sus rivales.
Farshid y Alejandro han formado un equipo con colegas norteamericanos, británicos, holandeses y japoneses. A Alejandro se lo nota la tensión de las últimas semanas, con viajes constantes a Nueva York para coordinar el proyecto. “Cuando empezamos a trabajar en él no queríamos tocar nada político, nos interesaba el problema técnico, cómo hacer que se sostuviera esta nueva generación de edificios. Luego nos percatamos de que había una resonancia emocional muy fuerte: la unión de la comunidad internacional, la defensa de la modernidad.” A principios de año el jurado tomará una decisión. “Aunque no ganemos se hará, no sé si en Manhattan o en Shangai, pero se hará”, asegura Alejandro. “¿Conoce usted a algún posible cliente que pueda estar interesado?”, bromea Farshid. Su risa es contagiosa.
“¿HISTORIA DE AMOR? NO HUBO HISTORIA DE AMOR… SOLO ESTUDIÁBAMOS”
La oficina donde trabajan tiene algo de monasterio y algo de búnker. En el sótano, una docena de jóvenes se aplican sobre los ordenadores como monjes sobre sus códices. Casi en penumbra. Farshid y Alejandro tuvieron la ocurrencia de solicitar esclavos para colaborar con ellos. “Fue una broma del creador de nuestra página web“. Y les llueven las peticiones desde universidades de todo el mundo. “La gente aquí trabaja muchísimo, pero tienen cierta independencia. Les pedimos que tomen decisiones, les damos responsabilidades. Y eso es excitante para alguien con poca experiencia”.
¿Cómo organizan su vida familiar? “No es fácil. Alejandro codirige el proyecto en Nueva York y da clases en Holanda. Yo soy profesora en Viena. Hemos decidido que la niña viaje con nosotros. Es un experimento. Antes, cuando era más pequeña, nos trajimos la cuna a la oficina por estar cerca de ella. A veces teníamos una reunión con un cliente importante y la niña se ponía a llorar y había que tomarla en brazos…
¿Y su historia de amor? “No hubo historia de amor. Nos conocimos en Harvard, pero los dos estábamos muy concentrados en nuestros estudios. Después coincidimos en Holanda, en la oficina de Rem Koolhass. Y allí trabajamos juntos. Fue entonces cuando empezamos a conocernos.”
Hablan inglés en casa y en el despacho. “Yo pienso en inglés”, reconoce Alejandro. Y Farshid apuesta por el mestizaje. “Una cepa francesa mejora si la trasplantas a California. Le gente está preocupada por no perder su identidad, pero una persona inteligente toma de su entorno sólo aquello que le hace mejorar. Yo conservo de mi cultura persa lo que he elegido conservar. No hay que mirarse tanto el ombligo. Había una época en que tenías que viajar para ser más ilustrado. Ahora no hace falta. El mundo viene a tí. ¡Es perfecto!”
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Las fotos las hizo José María Rodríguez. Tuvo muchos problemas de luz y poco tiempo para resolverlo.
Simpatiquísimas las dos empleadas del cutre hotel londinense donde nos alojamos. Eran andaluzas.
Uno de los “imberbes empollones” del estudio de Zaera se mosqueó con el reportaje (que se publico mutiladísimo) y me envió un airado correo electrónico. A ver si lo encuentro.
El email airado:
31 de enero de 2003
Estimado Carlos:
Mi nombre es M. C. Colaboro con la oficina de Alejandro Zaera en Londres. No tuve la oportunidad de conocerte cuando estuviste aquí pues me encontraba de viaje.
Hace unas semanas recibí el articulo que escribiste en EL SEMANAL sobre la oficina. Todo iba bien hasta llegar al parrafo en el que decias que la oficina esta formada por “imberbes empollones”. En la oficina ha sentado muy mal. Tienes que tener en cuenta, que en el mundo de la arquitectura, al final resulta muy importante el prestigio personal o dicho de otra manera las garantias que das a tu cliente de que eres una persona solvente y preparada para llevar a cabo un trabajo.
Concretamente en esas fechas estaba gestionando un proyecto con un promotor al que llegó a sus manos este articulo tuyo. Cuando lo leyó me comento sus dudas de que por mi juventud pudiera llevar a cabo ese proyecto. Te parecera increible, que pueda pasar eso, pero la capacidad de influencia de la prensa, y mas en determinado grupo de personas es muy importante.
He recibido premios en 15 concursos en los que me he presentado. Para trabajar en esta oficina hice un concurso a nivel nacional, compitiendo con todos los estudiantes de arquitectura de España, el cual que gané. No soy precisamente un empollon. Simplemente me gusta mi trabajo, y se me da bien. Después de trabajar aqui uno espera que al menos quede el prestigio de haberlo echo. Entonces aparece un oportunidad de hacer publicidad a este esfuerzo con el fin de conseguir clientes, y no solo ocurre esto sino todo lo contrario, que se me pone un proyecto cuesta arriba si no es que lo he perdido ya.
Sinceramente, no me parece justo.
Un Saludo
Mi respuesta:
Querido M.
¿Qué puedo decirte? Créeme, no había ningún afán
peyorativo en la utilización de la frase “imberbes
empollones”. Al contrario, mi intención era la de
resaltar la juventud del equipo, que resulta
francamente llamativa. Uno de los hilos conductores
del reportaje fue precisamente ese, la juventud. De
verdad que lo siento si te has sentido subestimado. En
un reportaje uno intenta que lo que dice sea
consecuente con lo que intenta expresar, la forma y el
fondo, como en arquitectura (supongo), y el tono
coloquial me pareció adecuado a la hora de trasladar
esa idea. En la página web de Alejandro y Zaera se
solicitan, con bastante buen humor, “esclavos” para
trabajar con ellos. Son detalles que me animaban a no
utilizar un tono pomposo o engolado o excesivamente
técnico (El Semanal es una revista generalista, con un
público no especializado). En fin, lo siento de veras.
Por favor, haz llegar mis excusas a tus compañeros.
Si te sirve de consuelo, yo también me llevé un
disgusto mayúsculo cuando vi publicado el reportaje,
que fue mutilado a conciencia por problemas de edición
(entre otras cosas porque las puñeteras fotos de los
proyectos no llegaron, a pesar de tu esfuerzo). Te
mando el reportaje completo en archivo adjunto. Y te
deseo lo mejor en tu carrera profesional. Ojalá que
algún día nos volvamos a cruzar y que sea para hacerte
una entrevista por alguno de tus proyectos (si es que
no me tiras los trastos a la cabeza).
Intentaré hacerlo mejor entonces.
Un abrazo
Carlos
Vaya, leo en La Verdad de Murcia del 18 de octubre que el autor del email forma parte del equipo de arquitectos que ha ganado el concurso para la regeneración de la bahía de Portmán. Me alegro.