Los familiares de la tripulación del C-3, un submarino republicano hundido en 1936 frente a las costas de Málaga, han recaudado 600.000 euros para reflotar la nave. Quieren dar sepultura a las 37 víctimas del torpedo nazi y esclarecer el misterio que aún rodea el caso. Ya han contratado a un equipo de buceadores especializados para acometer el rescate. Si no obtienen la autorización acudirán a los tribunales. La historia de cuatro de esos marinos es recreada por sus húerfanos.
1. UN SUBMARINO LEAL
Atónito, el operador de radio del submarino C-3 descifra un mensaje urgente: “…en caso de rebeldía por parte del mando, redúzcanlo cumpliendo órdenes de la República”. ¿Se han vuelto locos? ¿Qué está pasando? Acaba de estallar la Guerra Civil y en la Armada reina la confusión. La mayoría de los jefes y oficiales simpatizan con los sublevados; la marinería, con el Gobierno legítimo. En los barcos de superficie se suceden amotinamientos y detenciones. Algunos capitanes son ejecutados. Pero un submarino es un arma peculiar. El espacio es reducido y la convivencia, estrecha. Mandos y subordinados se conocen bien. Más que respeto, hay aprecio. Ahora se vigilan mutuamente.
En el C-3 se forma una comisión insólita: un maquinista, un fogonero y un cabo electricista deliberan. ¿Qué hacemos? Lo primero, ver de qué pie cojea el comandante. Lo interrogan por las bravas. ¿Es usted leal a la República, mi comandante? Responde con evasivas, en plan “cómo se atreven a dirigirse a un superior saltándose el conducto reglamentario”. Ellos se miran unos a otros, indecisos. Por fin deciden detenerlo y obligarlo a desembarcar. Toma el mando un alférez sin experiencia, Antonio Arbona.
El submarino recibe la orden de trasladarse al Cantábrico. Patrullará tres meses sin lanzar un torpedo, hasta que sufre una avería que le obliga a volver a la base de Cartagena. Hace escala en Tánger. “Allí, un representante de Franco ofrece al alférez Arbona mucho dinero por entregar el submarino, pero rechaza la oferta”, explica el historiador Jorge Bañón. Y eso que Arbona simpatiza con los falangistas, pero pesa más la lealtad a sus compañeros.
Cruzan el Estrecho de Gibraltar con los motores parados. Una proeza. Llegan a Cartagena y sin tiempo para descansar reciben la orden de partir hacia Málaga. Los marineros protestan. Un oficial ruso les hace formar y les reta: que dé un paso al frente el que no quiera embarcarse. Si se ponen gallitos, los fusilan. Zarpan con la moral por los suelos, un motor averiado y el otra tan renqueante que, por momentos, la corriente puede con el sumergible. Van al matadero. Y lo saben.
JOSÉ GARCÍA PAREDES (1905-1936)
Auxiliar 2º de máquinas
“Los enviaban a la muerte y todos lo sabían”. José García, jubilado de banca, hijo de José García Paredes, tenía nueve meses cuando murió su padre. Su hermano Alfonso, cuatro años. Su madre, Consuelo, 26. “Hasta las mujeres lo sabían. Ellas mejor que nadie. Estaban tan desesperadas que la abuela le suplicó a mi padre que se untara las axilas de azafrán para que le diera fiebre, y así no embarcar, pero él se negó. Tenía rango de alférez de fragata”, recuerda. La casa familiar exhala el aire de los mausoleos donde se guardan como reliquias el uniforme del padre, bien planchado, el sable reluciente, la gorra de plato, los telegramas lacónicos… “Sigo bien stop. Sin noticias stop. Pepe”, dice el último. “Mi padre era católico, pero fue leal al gobierno republicano. Mi hermano mayor se hizo misionero. Murió en el Perú. Mi madre también ha muerto. Se murió con una pena honda y callada por no haber podido enterrar a su marido”.
2. LA ÚLTIMA MISIÓN
El submarino patrulla las aguas del mar de Alborán, a cuatro millas del puerto de Málaga. Lo de patrullar es un decir. No tiene electricidad para sumergirse, ha dejado un motor en Almería y el otro va justito. En realidad, ofrece un blanco fácil a quien quiera colgarse una medalla.
Pasan 19 minutos de las dos de la tarde del 12 de diciembre de 1936. La tripulación ha terminado de comer. Dos marineros salen a cubierta para arrojar los desperdicios por la borda. En la torreta, el comandante Arbona vigila el horizonte con los prismáticos. Un oficial y el timonel le acompañan.
El timonel se llama Asensio Lidón. Cree ver el lomo de un delfín acercándose al casco. Cuando identifica el reflejo metálico quiere dar la voz de alarma, pero una explosión ahoga su grito.
El torpedo penetra a la altura del compartimento de baterías. Se produce una fuerte reacción química al entrar en contacto el agua del mar y las baterías. El C-3 se inclina violentamente de proa. La electrolisis provoca mortales burbujas de ácido clorhídrico. El navío se hunde sin remedio. Toca fondo a 61 metros. Se parte en dos.
De los 40 tripulantes, 37 mueren ahogados. Entre ellos el comandante, que se desangra mientras grita: “¡Mi mujer, mi hijo!” Tres hombres se debaten en el agua, succionados por el remolino del naufragio.
Una llamarada y una columna de humo son avistados desde los pesqueros Joven Antonio y Joven Amalia, que faenan a la captura del boquerón. Ponen proa hacia la humareda.
Los supervivientes nadan durante cuatro horas. Se han quitado la ropa, salvo los calzoncillos. Es pleno invierno y están al borde de la hipotermia. Oscurece. Cuando se creen muertos divisan los reflectores de una lancha. Son rescatados y trasladados a un buque hospital.
Unos días más tarde, a Lidón lo interroga el jefe de la flotilla de submarinos republicana. Le ordena que diga que no ha visto ningún torpedo. Que la explosión fue fortuita, un descuido por fumar en sitios peligrosos. Lidón siempre sospechó que el alto mando era un traidor. Que les puso a tiro.
FRANCISCO ROS NICOLÁS (1908-1936)
Cocinero
“Los torpedearon justo después de comer. El último rancho no les había llegado aún a la barriga. Mi padre era el cocinero. Yo no tenía ni un año. Y mi hermano estaba encomendado. A mi madre, Carmen, se le vinieron encima hambres y calamidades. La viuda de un rojo”. Bernardo Ros es trapero en el pueblo minero de La Unión (Murcia). Lo es desde los 6 años. Tiene dos hernias discales de cargar sacos desde niño. Bernardo es un trapero ilustrado. Ha recogido muchas toneladas de cartones, pero de vez en cuando caía algún libro. Y libro que agarraba, libro que leía. “Me gustan los de historia”. Se forjó una cultura al peso, ganada a fuerza de riñones. “Quiero que rescaten el C-3, pero no por pedir cuentas. ¿A quién voy a pedir cuentas por haber pasado hasta la sarna? Es un acto de justicia. Lo hundió un barco pirata. Fue una acción cobarde que ha quedado impune. La única forma de repararla es enterrar a las víctimas”.
3. LA OPERACIÓN ÚRSULA
El bando nacional había pedido a alemanes e italianos que le ayudaran en la guerra submarina. Los nazis enviaron dos sumergibles a las costas españolas en misión secreta. Hacerlo conllevaba riesgos diplomáticos, porque oficialmente Alemania era neutral, pero Hitler pensó que sería un buen entrenamiento para sus queridos lobos grises, que luego sembrarían el terror en los océanos durante la II Guerra Mundial.
La operación recibió el nombre de Úrsula. Nadie salvo los oficiales involucrados debía ser informado. Tampoco el gobierno de Franco. Los submarinos asignados son el U-33 y el U-34. Tienen órdenes de no ser avistados ni siquiera por barcos alemanes. Para ello, deben borrar los elementos de identificación. Son buques fantasmas. En sus transmisiones, simulan ser mercantes. Sus dotaciones han firmado, bajo pena de muerte, no hablar nunca de la operación. En caso de incidente, izarán una bandera republicana y se pondrán uniformes españoles.
El 12 de diciembre, el comandante Harald Grosse, al mando del U-34, contempla la silueta de un submarino republicano en el periscopio. Decide probar suerte, aunque le preocupan la estela delatora que dejará el torpedo y la posibilidad de que no estalle o tome un rumbo errático. Los torpedos alemanes fallan con frecuencia. Su espoleta magnética es una castaña. Los lobos grises llevan ya diez ataques y no son capaces de acertar ni a un patín de pedales.
Pero el C-3 apenas se mueve y Grosse da la orden de disparo. “Los!” El sumergible cabecea debido a la pérdida de peso por la salida del torpedo. El hidrofonista sigue la trayectoria, descontando los segundos para el impacto…
Durante muchos años el gobierno franquista justificó la desaparición del C-3 por una explosión fortuita de las baterías, hasta que se supo de un mensaje cifrado que el Poseidón, nombre en clave del U-34, envió a Berlín. “Hundido submarino rojo tipo C ante Málaga”. El comandante nazi fue condecorado por esta acción corsaria. El verdugo del C-3 también acabó trágicamente, hundido durante la contienda mundial. Grosse y su medalla yacen en su tumba de acero en el Mar del Norte.
JOSÉ SAMPER (1904-1936)
Cabo fogonero
“Nuestro padre no era ni de Franco ni de Negrín. Era marinero de Alfonso XIII. Eso ponía en su cartilla militar”. Las hermanas Candelaria y Josefa, que residen en el Mar Menor, recuerdan sobre todo las lágrimas de su madre. “Lloraba y lloraba. Y siempre estaba mala. Pasó las fiebres maltesas, las tifoideas, enfermó del hígado. Todo seguido. No tenía dinero, no había medicinas, apenas había algo que echarse a la boca”, relatan. Y cuando empezó a levantar cabeza, le vino la idea loca de que José estaba vivo. El régimen había negado primero el hundimiento, luego no aclaró qué había pasado en realidad… Y a la mujer le llegaron oídas de que el submarino estaba en Ferrol, a salvo. “Mamá consultaba a videntes, le daban esperanzas y le sacaban el poco dinero, porque no tenía ni pensión de viudedad”. Sólo se la concedieron con la llegada de la democracia. Nueve mil pesetas.
4. LA BATALLA JUDICIAL
Antonio Checa es un abogado malagueño aficionado a la pesca. En 1997 ve unos restos de gasóleo en el mar. Le pica la curiosidad, visita archivos. Tiene el pálpito de que se trata del C-3. Realiza varias inmersiones y graba unas imágenes borrosas. La Armada envía un equipo de buceadores y confirma la corazonada de Checa. Pero el ministerio de Defensa liquida el asunto con una corona de flores y un responso. Los familiares de los fallecidos no se dan por satisfechos. Y comienza un tira y afloja que aún no se ha resuelto.
Según Checa, las familias no quieren indemnizaciones, sólo homenajear a los muertos. El letrado asegura que el rescate es viable. “Hay poca profundidad y el mar es una bañera en esa zona”. Además, el Estado no tendría que pagar ni un euro. El dinero lo pone una caja de ahorros. Reflotar el buque cuesta 600.000 euros (cien millones de pesetas). Ya los tienen. El ministerio se limitaría a firmar la autorización y supervisar los trabajos, trámites necesarios porque el submarino llevaba material de guerra (un cañón oxidado y cinco lanzatorpedos inservibles). Federico Trillo, ministro de Defensa, dijo hace meses que su departamento estudiaría la viabilidad del reflotamiento. Y ahí quedó la cosa. Para más inri, Trillo es cartagenero, como la mayoría de los fallecidos, pero los familiares afirman que, de manera extraoficial, se les ha comunicado que “no es adecuado políticamente ni hay interés por rescatar la nave”. Así que han recurrido a la justicia. Decidirán los tribunales.
El recurso se sustenta en dos argumentos. El primero es que los marineros del C-3 eran funcionarios del Estado, “servidores del régimen legalmente constituido”. El segundo es que a toda persona le asiste el derecho “a recuperar el cuerpo de un familiar fallecido. Es una costumbre mediterránea que se remonta tres mil años: dar digno descanso a los muertos”. Los familiares han abandonado la esperanza de identificarlos por el ADN, algo muy costoso y de éxito improbable, pues sólo queda una amalgama de huesos allá abajo, pero no la de darles sepultura en una tumba colectiva. En unas semanas, un equipo de buzos comprobará si el casco puede aguantar la presión al izarlo. Es el principio.
ANTONIO ASENSIO (1906-1936)
Maquinista
“Mi padre era muy cariñoso. Le gustaba la pesca. Se iba a pescar con un cura. Y le encantaba jugar con sus hijos. Regresó de una travesía con una bicicleta escondida en el submarino. Para nosotros. Yo tenía nueve años, Ángeles siete, Antonio unos meses”, rememora Juan Asensio. La familia se había refugiado en las afueras de Cartagena para eludir los bombardeos cuando les dieron la noticia. “Mi madre se encerró en su cuarto y no salió en seis meses. Vistió luto de por vida. Ya anciana, no probaba el pescado porque decía que a Antonio se lo habían comido los peces”. Los hermanos fueron a un colegio de huérfanos y la madre les infundió un orgullo solemne. “Quería que sacásemos las mejores notas. Ella cosía día y noche”. Juan aprendió un oficio en el astillero “porque a los aprendices les daban un plato de comida”. A veces estaba tan agotado que se dormía en la cámara de torpedos de algún submarino en el dique seco.
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