Las gafas de Tom Juijn resbalan sobre su nariz cuando se inclina sobre una carta náutica del Mar Caribe, extendida como un mantel sobre la mesa. Sólo entonces, encorvado sobre el mapa, aparenta los 59 años que tiene. Fibroso, bronceadísimo y con una barbita quijotesca, este holandés errante afincado en Ibiza repasa la travesía de la flota de Tierra Firme, nueve galeones españoles que en 1605 zarparon de Cartagena de Indias (Colombia). Según los inspectores de hacienda de la época, las bodegas de los navíos albergaban 97.588 pesos en oro, 458 barras de plata, 8.000 doblones y esmeraldas… Pero el fraude estaba ya tan extendido que sólo la nao capitana cargaba por lo menos diez veces más. El rey Felipe III no pudo pagar a sus tropas con las riquezas que traían estos buques. El coletazo de un huracán los hundió frente a Honduras. Algunos supervivientes nadaron hasta un islote despoblado. Murieron de hambre, recostados sobre un arcón repleto de lingotes de oro que el temporal había llevado hasta la orilla. “Yo sé donde están”. El dedo de Tom recorre con precisión la costa centroamericana, cada trampa de coral, cada bajío… Su dedo, que ha marcado un rumbo exacto hasta doblar la punta de la Víbora, se separa prudente del papel. Se torna ambiguo. “Todos han buscado mal. Se han equivocado en un grado”. Un grado son 60 millas. Es lo máximo que está dispuesto a desvelar a sus competidores, cazatesoros como él. Desconfiados como él.
Un náufrago llamado Simón Zacarías tiene en vilo a los buscadores de galeones desde el siglo XVI. Sus cálculos sobre el paradero de la flota quedaron registrados en el Archivo General de Indias. Los historiadores aún discuten si era un embustero o un hombre de palabra. Tom opta por darle crédito. ¿Por qué no? Un milagro sólo es una ecuación esperanzada: azar igual a fe. Tom pone la fe. Y confía en que el azar se porte bien con él. Para ello hace falta reducir el número de probabilidades, acotar al máximo la indefinición. Por eso lleva invertidos más de 60.000 euros sólo en investigaciones, pagando a ratones de biblioteca mercenarios para que desempolven legajos. Tiene 6.000 manuscritos fotocopiados. Por saber, sabe hasta el color de los ojos de los marineros que se ahogaron.

Cae la tarde. La antigua casa de payés donde reside Tom Juijn es un rescoldo de cal que se apaga lentamente. Los mosquitos acuden a la luz de los quinqués. Silencio. ¿Esto es Ibiza? ¿La meca del sexo alucinógeno, de los ritmos que anestesian? Rodeado de perales que riega con un manantial subterráneo, descubierto por un zahorí con la rama vibrátil de una higuera, Tom prepara su segunda expedición a la isla del tesoro. De la primera guarda malos recuerdos. Militares que sospechaban de todo y playas alfombradas con miles de casquillos que volvieron loco al detector de metales. Pi-pi-pi-pi-pi…

Tom es buceador profesional desde 1964. Lo llaman de urgencia para misiones arriesgadas en cualquier océano. Se ha sumergido en el golfo Pérsico para rescatar un petrolero, con los quemadores de las refinerías iraníes tiñendo el agua de un resplandor cobrizo; participó en el reflotado del submarino Kursk… Si suena el móvil tiene que estar en 24 horas en Hong Kong o en Argentina. El neopreno es su segunda piel. La búsqueda de tesoros sólo es su afición cuando no está de guardia. Le picó el gusanillo en Cabo Verde, cuando trabajó para una empresa que sacó de un navío portugués miles de monedas que fueron subastadas en Sotheby’s. La nao San Roque es una tentación a menos de diez metros de profundidad. Pero el coral crece a razón de un centímetro por año y el navío ya estará mimetizado en un sarcófago natural de cuatro metros de espesor, sus cuadernas podridas, la madera desmenuzada por los moluscos. Hay que llevar compresores y chuponas para limpiar el fondo. En total, quince toneladas de equipo para una búsqueda artesanal. Una minucia en comparación con las compañías estadounidenses que emplean a un ejército de hombres rana, sonar de barrido lateral, perfilador del subsuelo, magnetómetro de protones… Aun así, el capricho de Tom requiere un yate de 60 metros, dos meses en el mar, medio millón de euros. Vigilar los ciclones. Y hartarse de negociar permisos y de sobornar a quien ponga el cazo. Hay que compartir lo que se saque con el gobierno de turno. Si es que se saca algo.

“Un millonario buscaba un submarino japonés con oro para los nazis. Está hundido a 2000 metros. Hubo que utilizar robots. Se gastó tres millones de dólares y encontró un zapato”. Si pudiera, Tom pondría proa inmediatamente a Eldorado: el gran supermercado de los naufragios. Ni Cuba, ni Filipinas, ni las Antillas… El golfo de Cádiz. En la costa atlántica andaluza se encuentra la mayor concentración de bienes arqueológicos subacúaticos del mundo. Pero es territorio prohibido porque las autoridades españolas no dan permisos y Tom ni se lo plantea. No todos son como él, denuncia Fernando-Millán del Pozo, impulsor del Proyecto Poseidón, una iniciativa privada con un presupuesto de 36 millones de euros que aspira a recuperar barcos hundidos.

“Los cazatesoros llegan disfrazados de turistas, pescadores, navegantes, buceadores deportivos… Y están saqueando el lugar, destrozando los pecios de antiguas civilizaciones y los restos de unos 470 galeones sumergidos. El expolio es cada vez más frecuente porque los restos se encuentran a poca profundidad y porque es muy fácil colocar las piezas al no estar catalogadas. Y la Guardia Civil del Mar no puede evitarlo debido a la gran superficie a vigilar: 29 municipios entre Cádiz y Huelva”. Del Pozo asegura que cualquier botín recuperado –vajillas, cañones, joyas– sería para el Estado, que el interés de los empresarios se limita a la creación de una Ciudad del Mar, un gran centro de estudios arqueológicos que atraería a estudiantes de todo el mundo. “Lo importante es poner el valor este inmenso yacimiento. Y si no se rescata ningún barco, no pasa nada. Los norteamericanos tampoco han rescatado el Titanic, pero han ganado miles de millones explotando el interés del público”.

¿Vale la pena? Juan Manuel Gracia, marino mercante y presidente de la Asociación para el Rescate de Galeones Españoles, sostiene que sí. Este colectivo pretende sensibilizar a las administraciones para que se preocupen por los buques españoles hundidos en aguas españolas y extranjeras. Constan 720 naufragios en su base de datos. “La política de recuperación no es la adecuada. Los galeones de la ruta de Indias merecen un esfuerzo serio. Pero España lo único que hace es pleitear con los cazatesoros… Y luego les compra piezas a precios astronómicos”. Sucedió con el mítico Mel Fisher, que empleó 21 años para recuperar el cargamento del Nuestra Señora de Atocha, valorado en 500 millones de euros: 115 barras de oro, 1.041 de plata, 180.000 monedas, 3.000 esmeraldas. Una parte se subastó. España adquirió objetos por una valor de 250.000 dólares. La historia se repite con el pecio de la nao San Diego, cañoneada en Filipinas. El aventurero Frank Goddio sacó de las aguas artillería de bronce, astrolabios, porcelana Ming y armas de samurai que prueban que los españoles contrataban a mercenarios japoneses. “Pagamos 900 millones de pesetas por objetos que no valían ni 80. Y encima a Goddio le tratamos de mecenas”.

Pero el problema no sólo incumbe a España. La Unesco ha promovido un convenio mundial para la protección del patrimonio submarino, alegando que “las técnicas modernas de buceo han facilitado un intenso pillaje”. Las intenciones son loables, pero Gracia opina que el Gobierno no debió precipitarse a la hora de firmar. “España ha renunciado a la soberanía de sus galeones en aguas de países como Estados Unidos o Filipinas, que han puesto objeciones al convenio”. Y es que para navegar por la legislación no sólo hace falta una buena brújula. Hay que encomendarse a la Virgen. En aguas internacionales impera la ley de los filibusteros: el que primero llega, se lo lleva. En aguas territoriales es otra cosa. España protege (al menos sobre el papel) los yacimientos en sus costas hasta las doce millas y en la plataforma continental hasta los 200 metros de profundidad. Están incluidos los hallazgos casuales, con deber de comunicarlos y derecho a recompensa. En otros países el asunto se torna más proceloso. Pongamos la isla de Guam. Una compañía australiana quiere rescatar los restos del Nuestra Señora del Pilar, hundido en 1690 con 600 millones de euros en metales preciosos. El Gobierno de Guam obtendría el 25%. España, ni un euro. El promotor de la aventura lo tiene claro. “Es oro y plata robado por los españoles a sus ex colonias”. Pero el Ministerio de Asuntos Exteriores envió una circular a sus embajadores para que vayan a juicio cada vez que se descubra un galeón español. Esta política ya dio sus frutos el año pasado con dos naos naufragadas en las costas de Virginia, la Juno y la Galga. El Tribunal Supremo de Estados Unidos certificó la soberanía española de los buques, en perjuicio de una empresa privada. Pero España no está interesada en recuperarlos. Argumenta que no se debe violar la sepultura de los compatriotas que allí perecieron en el siglo XVIII. El tesoro, que podría rondar los 500 millones de euros, para los boquerones.

“¿Por qué irse tan lejos? ¿Por qué no empezar por lo que tenemos cerca? En labores de recuperación no es que estemos en pañales, es que ni siquiera hemos nacido”. Fernando Serrano Mangas, catedrático de la Universidad de Extremadura, es especialista en historia naval. Desde los tiempos de Ulises se han hundido 20.000 barcos en el mundo, pero insiste en que ninguna concentración de pecios es tan rica como la de las costas andaluzas, entre Ayamonte y Tarifa. “Son navíos conservados en un lecho de limo que preserva las mercancías. Pero no se ha hecho nada hasta la fecha. Si Cádiz estuviera en Inglaterra… Allí encuentran un galeón como el Mary Ross, lo sacan del agua y hacen un museo. Aquí tenemos centenares de Mary Ross sin que ninguna autoridad mueva un dedo”. ¿A cuánto podría ascender la suma del oro sumergido frente a las costas gaditanas y onubenses? “Para hacerse una idea baste recordar que aquí se hizo una prospección para tender un cable submarino. Hubo que extraer fango y sacarlo a la orilla. Pues bien, llegaron domingueros con detectores y rebuscando entre el barro encontraron 7.000 monedas “.

Los galeones de la ruta de América partían del Guadalquivir y arrumbaban hacia Canarias. El viaje de ida tardaba un mes. La flota de Tierra Firme se dirigía a Colombia. La de Nueva España a México. Se reagrupaban en Cuba para el regreso, con escala en las islas Azores, infestadas de espías que olisqueaban fechas, rumbos, arribadas. A la entrada de las barras de Cádiz y Sanlúcar aguardaban los corsarios para apoderarse de los metales, pero también del tabaco, el cacao, la cochinilla, el añil. En sólo treinta años la plata traída legalmente a España supera las 17.000 toneladas, por 181 de oro. ¿A cuánto ascendía el contrabando? Serrano Mangas apunta alto. “Para sufragar la defensa de los galeones los comerciantes tenían que pagar el impuesto de avería. Terminaron poniéndose de acuerdo con los capitanes de los navíos para registrar sólo una ínfima parte”.

El gaditano Manuel Pérez ironiza: “En aquella época todos eran muy piratas. Los bucaneros porque era su oficio. Y los capitanes españoles porque quitaban hasta la artillería para meter más cargamento”. Pérez es subcampeón del mundo de fotografía subacuática y conoce como nadie las aguas turbias del golfo de Cádiz. “Las mayores concentraciones de navíos se encuentran donde la transparencia es nula. Sí, se habla de fortunas bajo el agua. Pero sacarlas a flote… Soy escéptico”. Su precaución contrasta con el apasionamiento de Claudio Bonifacio, investigador en el Archivo de Indias. “Con la riqueza de los galeones se podría pagar toda la deuda de Iberoamérica”. Y esboza un sueño quimérico en el balcón de su casa sevillana. “Mi ilusión es crear una ONG para rescatar tesoros y emplear los beneficios en causas humanitarias”. Barrio de Triana, 34º a la sombra. Sus palabras reverberan como un espejismo.

ENTREVISTA Claudio Bonifacio, investigador a sueldo
“Vivo de vender información sobre galeones hundidos”

Antes de zambullirse en busca de un tesoro es preciso bucear entre los 43.175 legajos del Archivo de Indias. Los cazagaleones recurren a investigadores a sueldo como Claudio Bonifacio, un italiano que vive en Sevilla para estar más cerca de ese gigantesco vivero de pistas sobre naufragios. No basta con estar acreditado para acceder a los manuscritos de la Casa de Contratación, también hay que ser un experto en paleografía y tener el olfato de un detective. Bonifacio lleva 22 años viviendo de alquilar sus conocimientos, rastreando en los fondos de la burocracia en Sevilla, Simancas, Medina Sidonia, Florencia, el Vaticano… “Yo vivo bien de esto. Tengo una reputación”. El experto se sabe criticado en los corrillos universitarios, donde lo consideran un buitre de biblioteca que vende sus conocimientos al mejor postor, pero él se defiende. “¿Por qué no se regalan los medicamentos contra el sida?” A continuación despliega una sonrisa ladina y concede: “Donde está el oro está el diablo”. O como escribió el Padre Sarmiento: “Más útil para España fue la primera espiga de maíz que se trajo de América que toda la plata del Potosí”.
Bonifacio tiene su propia táctica comercial en un negocio donde una fecha o una coordenada pueden valer su peso en oro. En esencia consiste en ponerle el caramelo en la boca al comprador sin revelar nunca todo lo que se sabe. “Hay que ser muy ducho en las entrevistas porque te intentan sonsacar. Yo doy respuestas más o menos concretas, dependiendo si se intenta captar inversores para una expedición o es para un estudio científico. Por supuesto, siempre sobre un presupuesto pactado. Si el proyecto no es serio, pido un precio y adiós muy buenas. Si la empresa es competente, exijo además un porcentaje en los futuros beneficios. Si quieren exclusividad, cobro un plus”. Claro que no siempre funciona. “Debería querellarme contra tres compañías, pero ya no sé ni dónde están. Aparecen, desaparecen…”

ARDE LA RÍA DE VIGO

Todo comenzó con un chivatazo en una taberna portuguesa: la flota española de América arrumbaba hacia Galicia, escoltada por bajeles franceses. Una imponente escuadra de Inglaterra y Holanda le tendió una emboscada en la ría de Vigo. Corría el año 1702. La batalla terminó con una victoria aplastante de los agresores. Demasiado aplastante. Unos treinta navíos fueron hundidos. Lo ideal hubiera sido apresarlos y saquearlos. Buceadores de los cuatro países se lanzaron al mar en los días siguientes para rescatar las migajas a pulmón libre. Irónicamente, el gran beneficiario fue el propio rey derrotado, Felipe V, que recuperó buena parte del oro y la plata no consignados: el 85% era contrabando y sin esta desgracia naval nunca lo hubiera ingresado en sus arcas. Lamentablemente, empleó las inyección de divisas en continuar la Guerra de Sucesión. El Museo do Mar de Galicia comienza su andadura este verano con una exposición inaugural sobre la batalla de Rande, de la que se cumple el tercer centenario. La leyenda de los tesoros sumergidos en Vigo propició 24 empresas de rescate en los siglos XVIII y XIX y sirvió de banco de pruebas para el buceo con escafandra. Julio Verne insertó en su libro 20.000 leguas de viaje submarino una capítulo entero dedicado al episodio. El Nautilus hacía escala en las rías gallegas para financiar sus expediciones. El capitán Nemo sabía a dónde apuntar el periscopio.



5 Responses to “Buscadores de tesoros”  

  1. 1 cms

    Me acompañó a Ibiza Javier Ocaña, un fotógrafo simpatiquísimo e inclasificable. Director de cortometrajes. Ex paparazzi (cenamos allí con un paparazzi, lo más cabrón que he visto en mi vida). Ocaña dejó de ser paparazzi cuando estaba haciendo el seguimiento de una famosa en Houston, enferma de cáncer. Le asqueó su trabajo y lo dejó. Compró un cofre del tesoro para las fotos en el mercadillo. Atrezzo, decía, porque estaba seguro de que le iban a pedir una foto del tesoro. Al final no la publicaron, pero hizo bien en hacerla. Fuimos en zodiac hasta un naufragio a unas millas de Ibiza. El fotógrafo bajó con Tom Juijn y con su hijo (acababa de hacer un cursillo de submarinismo en las Islas Mauricio), mientras yo me bañaba. Pero no pudo retratarlos. Subió a toda hostia, potando, en puridad, comenzó a potar a diez o veinte metros bajo el agua. El hijo de Tom también era un tío interesante. Fotógrafo, obsesionado con captar la belleza. Acababa de volver de Rumanía. Y la mujer de Tom, otra que tal. Se fue a China, volvió y escribía sus vivencias solo para que las leyeran su marido y su hijo. Tom estaba trabajando entonces para las compañías que exportan atún rojo a Japón.

  2. 2 Nevardo

    En realidad, estos galeones no pertenecen a España y los gobiernos de America Latina, en especial la comunidad indigena debe reclamar la devolucion del patrimonio saqueado por España y que yace en las profundidades del oceano. La razon por la que una compañia recientemente descubrio un galeon con todo y su contenido y decidio no revelar la ubicacion es por miedo a demandas internacionales que le puede significar la devolucion de estos tesoros que proclaman suyos, pero que en realidad pertenecen a las culturas indigenas americanas.
    Espero a futuro por parte de la comunidad indigena, debidamente representada, demandas ante la corte de La Haya, para la repatriacion de su patrimonio saqueado. Las violaciones a las indigenas de america, los asesinatos y la imposicion de una cultura en tiempos de la conquista no podran ser pagados nunca. Pero es justo devolver a sus dueños lo que algunos claman como suyo.

  3. 3 laluzenmi

    interesante punto de vista.

  4. 4 M4G

    america no puede reclamar nada a españa, por la sencilla razon de q ningun pais americano actual existia en aquella epoca; como mucho un pais azteca, inca, etc podria tener algo q decir, pero, como es sabido, ningun pais de esos existe actualmente. ademas los territorios americanos de los q se extraia el oro era españoles en aquella epoca, con lo q el oro era tan español como lo es ahora. ah, y los q exclavizaron y torturaron a los indigenas americanos fueron tus propios antepasados, los mismos q luego declararon la independencia a españa, pues los mios se qedaron en españa y no tuvieron ningun contacto con ninguno de ellos.

  5. 5 patricia gonzalez

    tengo informacion sobre un naufragio en Entre Rios seguramente sea un galeon

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