Mi jefe es un cerdo
Si las máquinas de café contaran lo que oyen… ¿En cuántas oficinas la creatividad y el buen humor sólo emergen junto al expendedor de sandwiches plastificados? Se forma el corrillo y comienza la sesión: una pausa liberadora para despotricar contra el jefe, terapia de grupo, mano de santo. Los trabajadores alemanes, tan eficientes ellos, emplean cuatro horas semanales en criticar a sus superiores. Lo tienen tan medido que no sería extraño que este paréntesis en la jornada terminara cotizando como horas extras. Los españoles prefieren descargar tensión en la barra del bar. Pero estamos en verano. ¡Tiempo muerto! El año ha sido laboralmente movidito entre huelgas, decretazos y globalizaciones. Patrones y mano de obra merecen un respiro, pero si añora esa catarsis junto a la máquina de café, bien porque está de vacaciones, bien porque lo están sus compañeros de chismes, le vendrá bien este reportaje para no perder las buenas costumbres. Así, cuando llegue septiembre estará en plena forma, aunque tal vez descubra que su jefe también merece compasión.
Si los encargados de personal de unos grandes almacenes descartan a los aspirantes a un empleo porque tienen granos, son morenitos o viven en un pueblo de la periferia, a los trabajadores les asiste como mínimo el derecho al pataleo. Sin ánimo de frivolizar, lo cierto es que en lo que va de año se ha acumulado mucha mala leche en el ecosistema productivo. Afortunadamente, también toman cuerpo un par de tendencias esperanzadoras: por un lado, el ‘mobbing’ o acoso laboral ya no suena a chino y los jueces están dictando las primeras; por otro, el estrés comienza a ser tomado en serio, aunque todavía no esté reconocido como enfermedad profesional.
Algo habrá que hacer, porque el estrés afecta al 28% de la fuerza laboral europea, 41 millones de personas. Y el ‘mobbing’ lo padecen 2,3 millones de empleados sólo en España (un 15% de los asalariados), según el Barómetro Cisneros III, una encuesta anual elaborada por la Universidad de Alcalá de Henares. Sin mencionar los daños colaterales que causan los superiores problemáticos: largas ausencias de los empleados, jubilaciones anticipadas, mentalidad de escaqueo… Y que se traducen en un sangría económica de 20 millones de euros al año.
De momento, el calvario de los trabajadores acosados ya se ha hecho un hueco en los titulares de prensa. Un caso sangrante es el de Luis F. T., funcionario de la Confederación Hidrográfica del Segura, que se atrevió a contradecir la decisión de un jefe. Luis relata a La Verdad de Murcia que su vida laboral se convirtió en una tortura desde 1995. La sequía azotaba y los agricultores exigían agua. Los gobernantes autonómicos ordenaron abrir los pozos de emergencia, pero la decisión política necesitaba un informe técnico que la avalase. El funcionario hizo su trabajo, pero informó negativamente. “Te vas a enterar”, le espetó su superior. Se le abrió expediente, los compañeros le dieron la espalda (lo que se conoce como la fase del apestado). Sus funciones pasaron a ser las de un auxiliar administrativo, cuando él es titulado superior. Se le suspendió de empleo y sueldo durante un mes. Luis se reincorporó al trabajo y un juez ordenó que se le pagase el mes no percibido.
¿Y los jefes? La mayoría tampoco está mucho mejor que sus subalternos. Pertenecen a la categoría conocida como “bisagra” y en la cadena de mando reciben su buena ración de reprimendas. Muchos no saben qué hacer cuando tienen problemas con empleados díscolos. ¿Deberían informar a los de arriba? No, se interpretaría como una falta de autoridad. ¿Desahogarse con los de abajo? Tampoco, el compadreo no está bien visto.
Desde que el faraón se enfrentó al primer conflicto laboral de la historia y tuvo que vérselas con un líder sindical de la talla de Moisés, el ambiente en la producción está enrarecido. Los monjes medievales inventaron la oficina y la lucha se hizo entonces
menos cruenta y más sinuosa, pero igualmente estresante. Los patrones disponen de la artillería pesada (despidos, no renovación de contratos, traslados forzosos) y los empleados recurren al sabotaje y la guerra de guerrillas: faxes que se niegan a pasar, ordenadores que se cuelgan, enfermedades reivindicativas de difícil diagnóstico…
Es un toma y daca con víctimas en ambos bandos. Obviamente, el débil tiene las de perder. Y suele ser el empleado. Los responsables de Salud Laboral de CC OO relatan el caso de una trabajadora en una industria alimentaria de Guipúzcoa que se orina cada vez que su jefe le chilla. El síndrome del burn-out está a la orden del día. El que lo sufre se siente agotado física y emocionalmente. En su intento de aliviar la situación trata de aislarse, desarrollando una actitud fría hacia los demás.
Pero los cuadros directivos tampoco se libran. La revista alemana Stern recoge los resultados de un estudio entre ejecutivos: el 30% padece algún tipo de neurosis. Respuestas en los formularios como “el hombre es malo por naturaleza” o “la vida indigna debería exterminarse” alertan sobre el grado de desquiciamiento de los que mandan. Cuando los neuróticos copan los puestos de mayor responsabilidad, los beneficios bajan un 6% de media. En las empresas sanas, los nuevos productos empiezan a ser rentables a los 37 meses; en las dirigidas por psicópatas tardan 58 meses.
Uno de cada cuatro siervos ansía un nuevo señor. O señora. Y es que la idea de que las mujeres son mejores jefas, más sensibles y humanas, pertenece al reino de los cuentos políticamente correctos. Para muestra, otro botón aportado por Comisiones Obreras. Al sindicato llegó una informática tan humillada por su jefa que renegó de su hijo cuando se quedó embarazada. Tenía la autoestima por los suelos y se veía incapaz de ser madre. El caso terminó en despido y ahora va a juicio.
Ese foco inagotable de conflictos que es la empresa también crea puestos de trabajo. No sólo los abogados laboralistas o los liberados sindicales de toda la vida. En la otra esquina del ring pululan formadores de directivos, sargentos para ‘yuppies’ y otros entrenadores en el arte de dar órdenes que hablan al oído de púgiles con raya diplomática y corbata en tonos celestes. La consigna es explotar con mayor eficiencia al recurso llamado “capital humano”. Castigar donde más duele. Y que no te odien por ello. ¿La cuadratura del círculo?
Los subalternos también meten herraduras en sus guantes. El mercado editorial ofrece nuevos libros de autoayuda para oficinistas aguerridos. Su denominador común: una vez determinado el tipo de jefe, se puede sortear el peligro. Es fácil identificar al abusón que ha escalado hasta la cima a base de codazos. También al que tiene entronizado al patrón supremo. Su lema: a los idiotas les gusta rodearse de otros más idiotas todavía. En ambos casos, el único recurso es despedirse. O terminan con los empleados o con las empresas. Lo más interesante de estos manuales es la conclusión de que los trabajadores tienen al jefe que educan. Es decir, que pueden hasta cierto punto. ¿Cómo? Aprovechándose de un factor determinante: los peces gordos también tienen miedo. Miedo a perder su trabajo, a cometer errores, a que su prestigio decaiga, a quedarse sin autoridad… En el biotopo de la oficina hay muchas especies amenazadas. El jefe también. El capo de los capos sólo existe en la mafia.
OCHO TIPOS DE JEFES… Y CÓMO TOREARLOS
El hiperactivo
Retrato robot: Adicto al trabajo. Su mesa es un campo de batalla, su secretaria toma tranquilizantes. Corre de reunión en reunión. No escucha. Fija demasiados objetivos, pero no dice cuál tiene prioridad, probablemente porque lo ignora.
Cómo escaquearse: Hay que frenarle. Interesarse por su salud cardiovascular y dejar caer: “¿Se ha enterado de lo del pobre fulanito? Infarto, 40 años…” Preguntarle por las notas de sus hijos. No las sabrá. Se sentirá culpable. Pero hace falta constancia.
Caso práctico: “Mi jefa es de las que miran por encima del hombro y te corrige cuando tecleas en el ordenador. ¿Hay algo más paralizante? Cuando lo hace me levanto, pero no le hago cara. Voy al servicio, me tomo un café. Cuando vuelvo, ella está mandando emails o haciendo malabarismos con los móviles. Ni me ve”. (Lucía, especialista en Desarrollo Clínico de medicamentos).
El rey del mambo
Retrato robot: Guapo, ingenioso, se gana a todo el mundo. No hay fiesta sin él. Ni comida de negocios que no se prolongue hasta las seis de la tarde. Es un farsante encantador. En el trabajo también brilla… por su mediocridad.
Cómo escaquearse: No hace falta, excepto cuando su perfil es el del acosador sexual. Deja bastante margen de libertad: por la mañana no se le ve el pelo y por la tarde es de digestiones laboriosas. Cuando incordie, escóndale el Almax.
Caso práctico: “El subdirector de Operaciones es el típico gracioso. Pero nadie se atreve a decirle qué chiste tan bueno, me reí tanto la última vez que lo contó… Cuando vuelve bronceado de un viaje te dan ganas de soltarle: Le busca el gerente. ¿No lo ha visto? Está tan ocupado despidiendo a los que no guardaron las facturas…” (Guillermo, departamento contable).
El desconfiado
Retrato robot: ¿El gran riesgo es no arriesgar? Ese lema no va con él. Siempre está en guardia. Si algo sale mal, envía un chivo expiatorio a los de arriba. Nunca tiene la culpa, pero tampoco se cuelga las medallas. No llegará a lo más alto ni fracasará del todo.
Cómo escaquearse: El desconfiado patológico no puede delegar, es un maniático del control. Táctica: filtrar que se ha llamado al sindicato, que los trabajadores urden una alianza… Es un cobarde y preferirá cambiar de aires antes que enfrentarse a un motín.
Caso práctico: “¿Cómo sé que opina mi jefe de mí? Si está contento con mi trabajo, no abre la boca. Me transmite inseguridad para que me siga esforzando. Pero como ya sé de qué pie cojea, me relajo. Sólo es simpático cuando está en juego su cabeza. Si derrocha cordialidad es señal de que tengo que esforzarme”. (Carmen, secretaria de exportaciones de una empresa de calzado).
El inútil
Retrato robot: En cualquier oficina abundan los ceros a la izquierda en virtud de la máxima empresarial conocida como principio de Peter o patada hacia arriba: “Todo trabajador termina siendo ascendido a un puesto para el que es incompetente”.
Cómo escaquearse: Lo sensato es poner tierra de por medio. Cuando los inútiles han copado el escalafón, la empresa está gangrenada. De ahí a la quiebra o las prejubilaciones hay sólo un paso. Mejor pedir el finiquito a tiempo.
Caso práctico: “El ex director de Recursos Humanos era un niñato con una larga experiencia en empresas puntocom, o sea, tres meses. Sólo destacó en cortar cabezas. Terminó guillotinado en menos de un año. Eso sí, después de hacer una escabechina entre el personal mayor de 45 años. Él no tuvo problemas para recolocarse. (Antonio, creativo de publicidad ‘online’).
El trepa
Retrato robot: Es la especie más común. Habla en voz baja, críptica y embrolladoramente. Su apretón de manos tiene la consistencia de una babosa. Nunca muestra sus emociones, pero alardea ante los oídos adecuados.
Cómo escaquearse: Quiere caer bien a todo el mundo, es su punto flaco. Desmonte su palabrería. También huele el miedo. Hágale frente. No hay que rivalizar con él, pero sí hacerle entender que tendrá problemas si invade su terreno.
Caso práctico: “Tener un trepa como compañero tiene sus ventajas. Se aprenden toda clase de jugarretas. Yo trabajaba en un diario de provincias. Llegó el clásico oportunista, ex corresponsal con mucha mili. Como no tenía contactos, lo primero que hizo fue copiar a escondidas todos los números de la agenda de un colega. Hubiera llegado a redactor jefe, pero metió la pata tantas veces”. (Diego, periodista).
El talibán
Retrato robot: Paranoico, narcisista y vengativo. Basta una buena palabra hacia alguno de sus enemigos para entrar en la lista negra. El resultado es un ambiente envenenado, con una elevada fluctuación del personal.
Cómo escaquearse: Puesto que practica el ‘mobbing’ o psicoterrorismo laboral, hay que mantenerse lejos de él. En los casos extremos, media oficina tiene contracturas en la espalda y la otra media ha pedido la baja por depresión.
Caso práctico: “Su táctica era tener siempre un cabeza de turco, que podía ser rotatorio. Todos los palos iban contra el más débil, que a sus ojos no hacía nada bien. Los demás éramos sus cómplices. Le hacíamos el vacío al compañero en desgracia hasta que no podía más y se marchaba. Entonces el jefe elegía a otra víctima y volvía a repetirse el ciclo”. (Aurora, comercial).
El sátrapa
Retrato robot: Se disfraza con una piel de cordero, pero sólo es eso… un disfraz. Se las da de filósofo porque hace la vista gorda ante las miserias humanas como la envidia, la ineptitud o la codicia. Deja actuar durante años a los vagos.
Cómo escaquearse: Es tan sencillo que no merece la pena dar instrucciones. Se le echa de menos cuando un superior ascendido aún más arriba tira de él hacia su anterior puesto y llega alguien con órdenes de reinstaurar la disciplina.
Caso práctico: “Se hacía el loco cuando alguien se pasaba con las dietas o pedía una baja injustificada. Nunca te lo reprochaba. Pero si en algún momento le discutías, te lo echaba en cara aunque hubieran pasado varios meses. Así que había una especie de pacto tácito: no me incordies y no te molestaré”, (Albert, asesor jurídico en Propiedad Industrial).
El mandamás
Retrato robot: Mandar le hace feliz. No le gustan las intrigas. Exige fidelidad y recompensa a sus seguidores. Posee una autoridad natural, le basta una mirada para poner orden. Cuando se enfada, caen justos por pecadores.
Cómo escaquearse: Actuar con precaución, pero sin miedo. No hay que quedarse paralizado ante su aureola y perder la capacidad crítica. El poderoso sabe distinguir entre el empleado adulador y el comprometido. Y acepta sugerencias.
Caso práctico: Roberto Goizueta pudo pasar a la historia como el ejecutivo más carismático de Coca Cola, pero se le recordará por haber ordenado en 1985 el cambio de sabor del refresco. Nadie osó contradecirle cuando planteó la idea. Las 800 líneas telefónicas de la compañía se colapsaron con llamadas de protesta hasta que se volvió a la vieja fórmula.
TEST. ¿ES USTED VÍCTIMA DEL ACOSO LABORAL?
Si ha padecido durante los últimos seis meses uno o más de los siguientes hostigamientos psicológicos con una frecuencia mínima de una vez por semana, usted es víctima del ‘mobbing’. Es conveniente que recabe pruebas, testimonios, partes médicos, para acudir al comité de empresa, su sindicato o a un abogado laboralista.
1. Mi superior se niega a hablar o reunirse conmigo.
2. Me hacen el vacío, fingen no verme, no me devuelven el saludo.
3. Me gritan.
4. Me interrumpen cuando hablo.
5. Prohíben a mis compañeros hablar conmigo, intentan aislarme.
6. Inventan rumores y calumnias sobre mí.
7. Echan por tierra mi trabajo.
8. Me acusan de incumplimientos y errores injustificadamente.
9. Recibo críticas y reproches por cualquier cosa que haga.
10. Me amenazan con expedientes disciplinarios, rescisión del contrato, no renovación, despido, traslado forzoso.
11. Intentan desmoralizarme.
12. Controlan mi trabajo de forma malintencionada.
13. Me dejan sin ningún trabajo que hacer, ni siquiera a iniciativa propia, y luego me acusan de no hacer nada o de ser perezoso.
14. Me asignan sin cesar tareas o trabajos por debajo de mi capacidad profesional.
15. Distorsionan malintencionadamente lo que digo.
16. Se me buscan las cosquillas para hacerme explotar.
17. Se ridiculiza mi forma de hablar, de andar, me ponen motes.
18. Recibo amenazas verbales.
19. Me zarandean.
20. Me lanzan insinuaciones sexuales directas o indirectas.
(Cuestionario adaptado del libro ‘Mobbing: Cómo sobrevivir al acoso psicológico en el trabajo’, de Iñaki Piñuel, editorial Sal Terrae).
MANUAL DE SUPERVIVENCIA EN LA OFICINA
-No recurra a la violencia. Las víctimas suelen fantasear con enfrentarse a puñetazo limpio con su agresor o insultarlo delante de todo el mundo. Si pierde los nervios, aparecerá usted como el malo de la película.
-Pero tampoco se deje avasallar. Plante cara. Que los compañeros no sean testigos mudos de su suplicio. Divulgue lo que está padeciendo. Contrarreste la versión del acosador.
-Si su familia y su pareja le apoyan, tiene mayores posibilidades de ahorrarse secuelas físicas y psicológicas. Si no, acabará enfermo.
-Sea intachable en su trabajo. Que no puedan decirle que no cumple, aunque lo sobrecarguen de tareas o no le den ninguna durante meses. Recuerde que el objetivo del hostigador es librarse de usted. No le dé facilidades para que le despidan.
-El ‘mobbing’ no está tipificado como delito, pero existen herramientas jurídicas que le protegen. El Código Penal recoge los delitos de lesiones, amenazas y coacciones. La Ley de Prevención de Riesgos Laborales considera el acoso una enfermedad psicosocial, la Constitución le ampara. Y los jueces están cada vez más concienciados.
-El último grito legal para defenderse del acoso es recurrir al Acta de Protección de Derechos Fundamentales. En quince días puede tener al acosador en el banquillo.
ENTREVISTA. Iñaki Piñuel, psicólogo y profesor de la Universidad de Alcalá de Henares. Dirige el Barómetro Cisneros, un estudio anual sobre ‘mobbing’ en España.
“España es el país donde más se acosa a los jóvenes”
-Los datos del último Informe Cisneros son inquietantes: 2,3 millones de españoles van al trabajo como el que va a un campo de concentración…
-Sí, el ‘mobbing’ es galopante en España y no deja de aumentar. El entorno laboral se parece cada vez más a la ley de la selva. Pero sólo la mitad de los trabajadores acosados padecerá secuelas psicológicas o físicas. Es muy importante que la familia apoye a la víctima del ‘mobbing’.
-¿Qué secuelas deja el acoso laboral?
-Depresión, úlcera, infartos, problemas de piel, insomnio, estrés postraumático… En esencia, las mismas que las víctimas de una guerra, una catástrofe, un atentado.
-¿Cuáles son los colectivos más azotados por el acoso?
-La administración pública, la sanidad, la educación, los medios de comunicación, la hostelería… Y en un segundo escalón los partidos políticos y las ONG.
-Haga el retrato robot del psicoterrorista laboral.
-El acoso tiene una motivación oculta: encubrir la mediocridad profesional y eliminar a un competidor, forzando su despido o abaratándolo. Muchas víctimas dejan el trabajo renunciando a indemnizaciones millonarias. El acosador tiene una tremenda capacidad superficial de encanto. Es un mentiroso compulsivo. Y un experto en debilidades humanas. No tiene compasión. No le afecta emocionalmente lo que hace. Destruye a una persona sin dejar huella. El ‘mobbing’ es el crimen perfecto.
-¿Y cómo son sus víctimas?
Suelen ser personas brillantes, que generan envidias. O que despiertan celos porque su situación familiar es feliz. La mayoría son mujeres. Y en España ocurre un fenómeno singular: es el país europeo con mayor tasa de jóvenes menores de 30 años acosados laboralmente. El acoso convierte a las víctimas en bombas de relojería emocionales.
-¿También se da el ‘mobbing’ del empleado hacia su jefe?
-Sí, pero menos. Un tercio de los casos corresponde a lo que se conoce como ‘mobbing’ ascendente, que suele darse con el beneplácito de otros jefes enemistados con el que lo sufre, y al ‘mobbing’ horizontal, entre dos empleados, o más habitualmente de un grupo de trabajadores hacia un compañero.
Filed under: 2002, El Semanal, Laboral |
Fue un encargo para portada. La fuente de inspiración, el semanario alemán Stern.
Sufrí mobbing por 2 años en un banco. Excesivo control de mi tabajo, críticas por nimiedades hasta por el color de lapicero que usaba o por el papel que usaba.Me zarandeaban gritándome frente al público por acciones que no cometía. El jefe se paraba detrás de mi por varios minutos para controlarme destrás de mi escritorio e incluso enviaba a los supervisores a controlarme.Incluso llegó a amenazarme con enviarme a la cárcel si cometía un error grave.Desmereció la edición de un video que yo trabajé (incluso amaneciéndome frente a la computadora)y que fue ganador entre las agencias nivel nacional, finalmente le dio los creditos a otro chico.El subjefe como era fiel a el, me tiraba los papeles y me desprestigiaba en reuniones frente a los compañeros poniéndome en desventaja permanentemente, y finalmente estos comenzaron a hacerme la vida imposible, incluso enviaban a los clientes más problemáticos para que yo les atendiera a pesar de que a ellos les correspondía, y si los derivaba con el área correspondiente…terminaban diciendo que yo no queria atender a los clientes.
En medio de este clima, en el que llegaba a mi casa a llorar…lograron desestabilizarme, y por fin un día cometí un error operativo, y luego otro que se pudo solucionar pero por mi temor a ser criticada no consulté su solución.
Finalmente, me hice mi reclamo formal a gerencia de recursos humanos, y me invitaron a renunciar. Perdí un trabajo al cual me dedicaba para no fallar, era puntual, responsable y una hormiga trabajadora. Quería mucho este empleo,porque incluso el mismo vicepresidente del banco me evaluó para ingresar, y este empleo me permitía solventar mis estudios, pues mi familia proviene de una condición de escasos recursos económicos. En ese tiempo estudiaba llegando a ocupar los tres primeros puetsos del cuadro de méritos en mi promoción universitaria.
Cuando sali del empleo….aquel jefe tambien fue destacado a la selva, incluso se le denunció por falsificación de firmas. El golpe moral y psicológico lo he superado, gracias a mis padres quienes estuvieron conmigo en todo momento, y gracias a la medicina alternativa. Yo terminé mis estudios, pero aún no he tenido la suerte de encontrar un empleo bien remunerado como aquel.