El mago sobrevivió a la operación. El mago es un tatuaje en la pierna izquierda de Francisco Narváez Mochón, Kiko. El bisturí tuvo que reparar hace un par de años los tobillos de Kiko, convertidos en un puré de ligamentos y tendones. El bisturí que desenredó aquel amasijo de cables cortocircuitados rozó la túnica del mago, pero no llegó a borrar su varita mágica. No, señor. El mago y la varita salieron indemnes. El tatuaje no tiene explicación, salvo las inspiraciones instantáneas que asaltan a este futbolista de 29 de años desde que era alevín. “Fui con Superlópez a la tienda y me gustó el mago. No hay que darle más vueltas”. Superlópez fue defensa del Atlético de Madrid, un chaval de barrio con tracas de macarrilla, de los que meten la pierna como el que mete un estacazo, pero de frente y a tibia descubierta. En el fondo un pedazo de pan, jubilado prematuramente por las lesiones. “El Súper es el tipo más feliz del mundo”, asegura Kiko. “Y es mi amigo”.

Kiko también se había resignado a retirarse antes de tiempo. “Estaba muy tranquilito, durmiendo de un tirón. Trabajando en la radio, que me encanta. Jugando pachangas para no perder la forma. Viviendo”. Incluso se había dado a sí mismo un ultimátum. Si el 1 de enero continuaba sin equipo, colgaría las botas. Los que habían vaticinado su entierro como
futbolista sonreían entre colmillos. Está acabado… Descanse en paz y adiós muy buenas. Después de todo, la pancarta que quedó como despedida del club del que fue santo y seña durante ocho años le ordenaba: “Kiko, cojo, muérete”.

“No me molestó personalmente. Me dolió por las personas con problemas físicos. Lo sentí por la gente con minusvalías”, recuerda. Lo dice alguien que estuvo dos meses en una silla de ruedas después de pasar por el quirófano. “Cuando me pude levantar, andaba como las muñecas de Famosa que se dirigen al portal. Pasito a pasito. Me tuve que ir a una clínica en Francia para aprender a caminar de nuevo”. El suplicio no acabó ahí: 400 días sin jugar un partido oficial y 400 noches durmiendo a ráfagas, desesperándose de ganas de volver a vestir la camiseta rojiblanca.

Cuando por fin reapareció, algo no funcionaba. “Los tobillos están más fuertes que antes de la operación. Corrí en el campo como nunca había corrido. Me vacié”. Los cirujanos escudriñaron las radiografías de sus articulaciones impecablemente soldadas. Todo normal. Y, sin embargo, Kiko ya no era el prestidigitador que convertía al primer toque un balón en una paloma mensajera. Ni transformaba la media luna del área en un biombo donde combinar paredes de espaldas a la portería. Ni serraba la cintura de un central de un regate seco. Ni de un taconazo era capaz de abrir un pasillo entre un mar de piernas, como un Moisé andaluz con ganas de ‘cashondeo’.

Con el trasiego de escayolas, sus tobillos habían perdido algo inaprensible. Llámese duende. O polvillo de hadas. De la antigua magia sólo quedó aquel Merlín huérfano de tinta verde. Otro amigo, Juanito, también ex compañero del Atleti, reconvertido en presidente de un modesto club de segunda, el Extremadura, lo vio por televisión, contando lo a gusto que se está fuera de un terreno de juego. Sin presiones. E intuyó que la procesión iba por dentro, que ya estaba bien de poner buena cara a tanta humillación y que un grande del fútbol no se puede rendir así como así. Y le pegó un telefonazo. “Kiko, vente para Almendralejo”. Y Juanito no se lo podía creer cuando, después de un instante de silencio, apenas unas décimas de segundo, escuchó en el móvil: “Voy”.

Otra vez la intuición, como un chispazo, que es el timón de su vida y de su juego. Y que Kiko, empeñado en subestimarse, califica simplement de “puntazos que me dan”. El pasado verano se le comparaba con Guardiola, dos astros que abandonaban sus respectivos clubes de toda la vida y se marchaban a la aventura, sin cubrirse las espaldas negociando antes sus traspasos. “No, hombre no. Guardiola es un monstruo. Él puede elegir. Italia, Inglaterra… Yo me tengo que conformar con lo que me echen”, dijo entonces. El jugador catalán vive ahora una pesadilla que amenaza su carrera y su prestigio, manchados por la sombra del dóping. Kiko lleva dos años instalado en un calvario personal del que sólo habla para no tomarlo en serio, para reírse de su sombra. Y aunque lo niegue con su guasa inagotable, Extremadura es su última oportunidad para volver a ser el que era. Para demostrar que, en realidad, nunca ha dejado de ser el de siempre desde que dejó el barrio jerezano de La Granja, siendo un crío, para convertirse en aprendiz de otro hechicero, Mágico González, en la cantera del Cádiz.

El salvadoreño era un genio extravagante, capaz de quedarse dormido en el descanso de un encuentro mientras le daban un masaje. Y despertarse con hambre, comerse un bocata de chorizo, salir del vestuario olvidándose de los calcetines, marcar el gol de la victoria y poner el estadio Ramón de Carranza patas arriba. Durante una concentración, el Mágico se ligó a una norteamericana y se la llevó a la habitación del hotel. Se desató un incendio que arrasó un ala entera del edificio. El Mágico ni se enteró, arrullado por el sopor que sigue al sexo, roncando plácidamente. Sólo cuando los bomberos derribaron a hachazos la puerta de su dormitorio se levantó, obnubilado aún, y con las manos en alto gritó: “¡Yo no he sido!”.

A Kiko le impresionó aquel emigrante flacucho y melancólico, siempre con hambre y con sueño, que añoraba su patria, gangrenada por la guerra y la miseria. “Maradona lo vio jugar y dijo que era mucho mejor que él. Pero al Mágico sólo lo podían entender en Cádiz. En un club grande no le hubieran perdonado sus rarezas. En Cádiz se hacían chistes”. A Kiko le llamaban entonces Enano Cabezón por su corta estatura. Pero dio un estirón tardío y con veinte años medía 189 centímetros. Fue internacional sub 21, ganó el oro olímpico en Barcelona y, supersticioso, siempre ha llevado el dorsal 19 desde entonces. Se convirtió en una estrella. Un tipo flamenco y campechano, seguidor de Camarón, que embrujaba la pelota con un zapateado. No era rápido. Tampoco era un cabeceador a pesar de su estatura. No marcaba muchos goles, aunque terminaron apodándole Kikogol. Pero tenía algo. Una chispa, un soplo divino, una chistera impredecible. Fichó por el Atleti, un club deprimido por un maleficio desde que a Reina le marcaran el gol más tonto del mundo en el último suspiro de una aciaga final de la Copa de Europa. La magia de Kiko desactivó la maldición. Pero también su buen humor, la ilusión que era capaz de contagiar a su alrededor. El Atlético dejó de ser, por una vez, el Pupas, y llegó el doblete en la temporada 1995-96: la Liga y la Copa. Jesús Gil chapoteó en la fuente de Neptuno como una inmensa albóndiga feliz.

Y Kiko siguió dando tardes de felicidad a los colchoneros. Se entendía con el italiano Vieri con una mezcla de silbidos y telepatía. Se inventó una pose para celebrar un gol que ha pasado a la historia. Los cronistas la bautizaron ‘El Arquero’. Incluso hubo quien conjeturó que se trataba de un sutil homenaje a Robin Hood, una flecha lanzada al cielo por un héroe suburbial. Kiko se ríe. “¿’El Arquero’? ¿Qué arquero ni que Robin Hood ni qué ocho cuartos? Marqué el gol, me tiré de rodillas y no pensé en nada. Me vino el pronto. Pero no sabía lo que había hecho hasta que lo vi por la tele”. Otra vez la bendita inspiración. El súbito relámpago del que no se siente responsable. O llega o no llega.

Lo que llegó fue la decadencia. El problema de acostumbrar al público a presenciar milagros semanalmente es que no se puede rebajar la dosis. Si bajas el listón, estás acabado. Y el listón de Kiko estaba muy alto. Los defensas habían aprendido a contrarrestar sus equilibrios de funambulista sobre la línea de cal con artes marciales y sabían a dónde disparar: a los tobillos. De ahí brotaban los conejos y ahí dirigieron los cartuchazos. No fue una patada lo que le llevó al quirófano. Fue la acumulación de ocho años recibiendo estopa de sucesivas quintas de leñadores.

Si la lesión hubiera sido producto de un lance del juego, como la del deportivista Manuel Pablo, cuya imagen sujetándose con una mano la pierna tronzada impactó a los telespectadores, Kiko hubiera inspirado lástima. Pero no. Se operó cuando ya estaba harto de jugar infiltrado; cuando ya no soportaba más un dolor que no se apreciaba por televisión y que, por tanto, no inspiraba piedad; cuando los médicos le advirtieron que se quedaría cojo si demoraba más la intervención. Así que encima tuvo que aguantar, cuando la rehabilitación se alargó más de lo previsto, que le llamaran egoísta por haber dejado a su equipo en la estacada en el peor momento. “Me han llegado a decir que fui un tonto por operarme. Que me cavé yo solito la tumba. Pero si no me opero, ahora estaría andando con muletas”.

Comandado por un presidente que repartía su tiempo entre el despacho y la cárcel, el Atleti se fue a segunda. Los jugadores dijeron sálvese quien pueda y hubo desbandada general. Kiko se quedó. Renunció a su sueldo. Prestó su imagen para el cartel del añito en el infierno. Y se quemó en las llamas. Sus últimos meses en el Atlético de Madrid representan una de las páginas más mezquinas de la historia del deporte español. Amenazado por los ultras e insultado con bajezas de una calaña inédita incluso para lo que se oye en los campos de fútbol, fue el chivo expiatorio por la nueva frustración de que el club no ascendiera. “Todavía hay aficionados del Atleti que me paran por la calle y me piden disculpas por todo lo que sufrí. Pero quienes peor lo pasaron fueron mi mujer, Patricia, y mi hija Aitana”.

Kiko pidió irse y renunció a un contrato de ensueño. Hubiera cobrado mil millones si el Atlético recupera este año la máxima categoría. “Miguel, mi padre, que también es mi representante, me quería matar. Yo podía haberme quedado. Si el entrenador no contaba conmigo, hubiera visto los partidos en la grada y a cobrar. Pero prefiero tener la conciencia tranquila”. No hubo homenaje. Una miserable rueda de prensa, sin directivos, fue la despedida de alguien que lo había dado todo por el club. Cuentan que en el despacho de Gil se descorcharon botellas de champán cuando Kiko salió con la carta de libertad. “¿Habrá alguien tan colgado que confíe en mí y me fiche?”, se preguntó en voz alta el jerezano. Eso fue en junio. Pero aún no había tocado fondo. Sucesivamente se interesaron por él clubes italianos como el Lazio, alemanes, turcos, mexicanos, ingleses. Los mercaderes lo ninguneaban como un saldo en las rebajas. Carne de estadística: delantero, 79 kilos, no ha marcado un solo gol en las dos últimas temporadas. Los doctores lo examinaban con recelo.

“En Milán pasé ocho horas en un hospital. Me dilataron las pupilas con unas gotas y estuve dos horas perdido en los pasillos, medio ciego”. Casi firma por el Bolton inglés. “Pero miré el parte meteorológico y vi que había llovido 87 días seguidos. Qué tristeza”. Si hubiera sido un club de Londres, se hubiera mudado con su familia sin pensarlo. Pero allá, en aquella campiña grisácea, con un horizonte de chimeneas metalúrgicas… Y Kiko pensó sinceramente que tal vez le había llegado la hora como futbolista. “Estoy metido en un laberinto. Llevo demasiado tiempo sin disfrutar de mi trabajo”. Y en éstas que le llama Juanito y le dice: “Prueba en Almendralejo, figura”.

Y ahí está. Entrenando en doble sesión. Por la mañana con sus compañeros. Por la tarde en solitario, a las órdenes del preparador físico, Jaime Velasco, que lo piropea mientras corre a su lado, dosificando al milímetro su esfuerzo. Anochece en la ciudad deportiva y los adolescentes de las categorías inferiores lo miran desde la banda con timidez. Kiko pasa a su lado, trotando y exhalando nubes de vapor como una locomotora. Les guiña el ojo. “Qué alto es”. “Pero viene muy tocado. Ya veremos”. “¡Qué dices, ‘chalao’! Si se aprende sólo de verlo correr”, comentan en voz baja.

Kiko quiso dejar las cosas claras nada más llegar. Antes de firmar el contrato Juanito le preguntó: “¿Cuánto pides?” Y él replicó: “No, cuánto podéis pagar sin tocar los sueldos del resto de la plantilla. No he venido aquí a fastidiar a la gente”. Y se reunió con los tres jugadores más veteranos, los capitanes, para explicarles que no cobraría un duro hasta junio. “Vendrán ojeadores a verme. Si no me fichan a mí, por lo menos verán a los chavales jóvenes y a lo mejor alguno se convierte en estrella”.

Con las prisas aún no ha tenido tiempo de instalarse y ha vivido en casa de Juanito, haciendo de canguro de sus cinco hijos y embromando a Nieves, la mujer del ‘presi’, mientras ven Betty La Fea en familia. Las cuatro niñas imitan la pose del arquero y el pequeño le echa los brazos al cuello para que lo tome. El pescuezo de Kiko, llamado ‘El Pescui’ por su grosor, tuvo club de fans. Kiko pasó por la farmacia para comprar jalea real y por la mercería para adquirir calzoncillos, porque se vino con lo puesto para escuchar la oferta de Juanito y al día siguiente ya estaba entrenando.

Almendralejo está de enhorabuena. Sus 27.000 habitantes reciben una atención mediática inusitada. Un poquito de publicidad para las aceitunas y los buenos vinos de la Tierra de Barros que no rompe la paz de esta localidad con nidos de cigüeña en el casco urbano. Kiko tapea en los bares como cualquier hijo de vecino. En cuanto pisa la calle un vendaval de críos le pide autógrafos. El club está haciendo nuevos socios y hasta los pastores leen la prensa. Por la carretera pasan camiones con olivos camino de otros campos, las raíces terrosas preparadas para el trasplante. Todavía es una incógnica si Kiko arraigará aquí, pero de lo que no hay duda es de que vuelve a generar ilusión. ¿Hará El Arquero cuando marque su primer gol? Si es que lo marca, dicen los escépticos. Pero los fieles aseguran que, en la penumbra del vestuario, la varita tatuada del mago vuelve a irradiar destellos verdes.



2 Responses to ““Kiko, cojo, ¡muérete!””  

  1. 1 cms

    Fue una sugerencía mía. Vi un reportaje en el telediario de la mañana y le envié este email a mis jefas:

    Kiko ha fichado por el Extremadura de Almendralejo, un equipo de 2ª división que pelea por no descender a 2ª B. El tema tiene varios aspectos interesantes. Por un lado, Kiko era un astro del balón hasta hace un año. El jugador más carismático del Atlético, internacional indiscutible, con un contrato blindado de por vida, que se embolsaba 300 millones anuales y se ofreció a jugar gratis cuando el Atleti bajó (¿recuerdas el cartel de ‘Una temporada en el infierno’, con su imagen entre las llamas?). De héroe pasa a villano. Los ultras le amenazan. El club le da la espalda. Lo dan por desahuciado. Sale por la puerta de atrás del Atleti. No lo quiere nadie. Está viejo y maltrecho por las lesiones. Y ocho meses después lo llama un amigo, cenan, se ponen ‘alegres’ con el vinillo, se lía la manta a la cabeza y ficha por el equipo de Almendralejo, un pueblo prototípico de la España rural con apenas 27.000 habitantes, donde el hotel más lujoso tiene 3 estrellas y hay casi tantos tractores como turismos. Y, por supuesto, revoluciona el pueblo.
    El reportaje podría tener su gracia. Kiko es un tipo campechano, un Robin Hood del balón, abanderado de los pobres, simpaticote. Da mucho juego. Además, es su última oportunidad como deportista, aunque pocos dan un duro por él. Y por lo que he visto en la tele el pueblo también da juego. Se podría hacer un retrato sociológico de la España profunda, que a lo mejor no es tan profunda como pensamos. Lo de menos en el reportaje sería el fútbol. Lo interesante es ver cómo se relaciona con la gente del pueblo, en los bares, con los niños, con los viejos. Ayer escuché que le preguntaban por cuánto había fichado y Kiko respondió: “Me dijeron cuánto pedía. Y yo les dije, no hombre no, ¿cuánto me podéis dar?”.

  2. 2 cms

    El reportaje tiene dos partes, la biográfica (en el texto) y la interrelación con la gente del pueblo (pies de fotos largos).
    Lo mejor fue la simpatía de Kiko (aunque no se dejó fotografiar junto a un rebaño, como quería Luis Davilla, el fotógrafo, ni tomando cervezas en el bar) y la personalidad arrolladora y amabilísima de la mujer de Juanito, Nieves, que nos contó cómo su marido grababa en vídeo su quinto y complicadísimo parto y siguió grabando, impertérrito, cuando el doctor le avisó que era posible que la madre o el bebé muriesen en el quirófano. Menos mal que no nos puso el vídeo.

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